La Habana asume que su estrategia pasa por una nueva relación con Washington
RICARDO LAGOS*
Al conocer el acuerdo Barak Obama-Raúl Castro y la decisión de restablecer relaciones diplomáticas tras más de medio siglo de interrupciones, la gente de mi generación ha podido decir: “Hemos sido testigos de toda esta historia”. La hemos vivido desde sus orígenes, sus devenires políticos, sus opciones en medio de la Guerra Fría, su persistencia y sobrevivencia ante lo que parecía imposible, sus errores y sus herencias ya inscritas en la historia latinoamericana.
Recuerdo a Fidel Castro, con todas las ilusiones que despertó en Latinoamérica, visitar Estados Unidos en abril de 1959, cuatro meses después de su entrada triunfal en La Habana. Fue allá, no para pedir nada, que era lo habitual en los gobernantes latinoamericanos, sino para explicar lo que pretendía hacer. Estaba convencido que podía hacer comprender su proyecto de cambios profundos a los dirigentes de Estados Unidos. Y ahí están los alegatos para la historia en su entrevista con el secretario de Estado Adjunto, Christian Herter, y otras autoridades del Gobierno de Eisenhower, así como sus discursos en Harvard y Princeton. El drama de Cuba fue creer que era posible un camino distinto en esta parte del mundo, sin ver que el supuesto de la Guerra Fría adjudicaba esta parte del mundo a la esfera de influencia de Estados Unidos. Cinco años antes, Guatemala había sufrido un golpe de Estado para impedir que los presidentes Arévalo, primero, y Arbenz, después, impulsaran mejoras en beneficio de su pueblo.



