martes, 19 de mayo de 2026

Y dale con la UMAP, otra vez

He visto en Facebook un escrito acerca de las UMAP y me ha motivado a escribir sobre un tema que desde hace tiempo tenía en el tintero. Cada cierto tiempo el asunto reaparece de manera cíclica y, a mi juicio, suele abordarse desde análisis simplistas o marcadamente interesados en términos políticos.

Creo que hablar con honestidad sobre temas polémicos, sin negar errores pero también sin manipular la historia, puede contribuir al mejoramiento humano y a una comprensión más profunda y justa de nuestro pasado.

Aquí lo que lo que escribió una persona:

Las Unidades Militares de Ayuda a la Producción UMAP no surgieron de improvisto en 1965, tuvieron un preámbulo de creación ideológica desde 1960. La nueva sociedad que impulsó la revolución cubana y su diseño del “hombre nuevo” excluía a la población LGTBIQ+ sustentada en un programa de higienización social desde la educación y salud. En ambos frentes se libró una cruenta batalla ideológica para extirpar las “lacras sociales del capitalismo”. El Dr. Ángel Arce uno de sus ideólogos fue el médico familiar. Él nos dejó un paquete sellado de documentos y revistas de la década del sesenta donde se planteaba de forma abierta iniciar una batalla para liberar la nueva sociedad del homosexualismo con medidas inmediatas desde el año 1960. En la educación la Revista Mella de la Universidad de la Habana en 1965 comenzó una campaña contra los enemigos de la revolución donde se incluían los homosexuales por forma parte de “la lacra capitalista y sus vicios”. Un amplio grupo de profesores y estudiantes LGTBIQ+ serían expulsados de los recintos académicos donde solo había cabida para el “hombre y la mujer nueva de la sociedad socialista”. Hay que estudiar la historia, prohibido olvidar, todos los derechos para todas las personas.”

El debate sobre las UMAP y la discriminación hacia homosexuales en la década de 1960 en Cuba no debe abordarse desde simplificaciones propagandísticas ni desde la negación de hechos históricos. Existieron políticas y prácticas discriminatorias, pero también es necesario comprenderlas dentro del contexto cultural e histórico de la época y evitar construir la falsa idea de que la homofobia fue una creación específica del socialismo cubano o del ideal del “hombre nuevo”.

El rechazo a la homosexualidad era profundamente común en gran parte de Occidente durante buena parte del siglo XX, tanto en sociedades capitalistas como socialistas. En numerosos países europeos y en los Estados Unidos existieron persecuciones legales, expulsiones laborales, tratamientos psiquiátricos coercitivos y campañas morales contra homosexuales. La homosexualidad fue considerada enfermedad mental por la American Psychiatric Association hasta 1973 y perseguida penalmente en muchos países occidentales incluso después de esa fecha. Por tanto, atribuir exclusivamente al proyecto socialista cubano la discriminación hacia personas homosexuales resulta históricamente reduccionista.

El texto además establece una relación demasiado mecánica entre el concepto del “hombre nuevo” y la exclusión de las personas LGTBIQ+. Sin embargo, la idea del “hombre nuevo”, desarrollada entre otros por Ernesto Che Guevara, estaba vinculada principalmente a valores de solidaridad, trabajo colectivo, conciencia social y superación del individualismo capitalista. Otra cuestión es que esa visión estuviera atravesada por los prejuicios culturales y las concepciones de masculinidad predominantes en la época, algo que también sucedía en prácticamente toda América Latina.

Hablar de “programa de higienización social” requiere además precisión conceptual e histórica. En los años sesenta el lenguaje político y médico en muchas partes del mundo utilizaba categorías hoy consideradas discriminatorias. El problema surge cuando se toma ese lenguaje y se interpreta exclusivamente como esencia del proyecto revolucionario, ignorando el peso de la cultura patriarcal heredada de siglos anteriores. La Revolución Cubana no nació en un vacío cultural; emergió de una sociedad profundamente machista, conservadora y homofóbica, rasgos presentes antes de 1959.

Sobre las UMAP, es válido criticarlas como una política errónea y dolorosa para muchas personas. Pero también es legítimo cuestionar cómo este episodio ha sido convertido en un símbolo desproporcionado dentro de determinadas narrativas políticas contra la Revolución Cubana. Pocas veces quienes utilizan constantemente el tema contextualizan que en esos mismos años existían persecuciones y criminalización de homosexuales en gran parte del mundo occidental. En ocasiones, las UMAP son presentadas no como un episodio histórico concreto y criticable, sino como supuesta prueba definitiva de la “naturaleza fascista” de la revolución cubana, lo cual simplifica procesos históricos mucho más complejos.

También conviene señalar que el propio proceso revolucionario cubano evolucionó significativamente en este tema. Décadas después, instituciones y figuras vinculadas al Estado cubano impulsaron políticas de reconocimiento de derechos sexuales y de género, así como una revisión crítica de errores pasados. Ignorar esa evolución histórica también empobrece el análisis.

La memoria histórica debe servir para comprender críticamente el pasado, no para convertirlo en instrumento de demonización selectiva. Estudiar las UMAP exige reconocer el sufrimiento de personas afectadas, pero también evitar lecturas descontextualizadas que separen a Cuba de la cultura occidental de su tiempo y presenten la homofobia como un fenómeno exclusivamente revolucionario o socialista.

Nota: En Alemania las medidas discriminatorias legales contra los homosexuales persistieron oficialmente hasta 1994, cuando fue eliminado definitivamente el famoso “Párrafo 175” del Código Penal alemán.

lunes, 4 de mayo de 2026

El control de la narrativa: entre el poder y el desgaste


Hablar hoy de política sin hablar de narrativa es quedarse en la superficie. La disputa ya no es solo por los hechos, sino por el sentido de esos hechos. Quien logra imponer ese sentido, en buena medida, gobierna la percepción de la realidad. No se trata de mentir o decir la verdad en términos simples, sino de algo más profundo: definir desde dónde se mira lo que ocurre.

Ahí es donde entra el control de la narrativa. No funciona por acumulación de argumentos sólidos, sino por repetición, simplificación y carga emocional. Se trata de convertir lo complejo en algo reconocible, casi instintivo. Pueblo contra élite, orden contra caos, victoria contra derrota. En ese terreno, la coherencia lógica no siempre es lo decisivo. Lo importante es que el mensaje encaje en una estructura emocional previa.

En ese juego, Donald Trump se ha movido con una habilidad poco común. No porque sea el único, sino porque lo hace de forma constante, casi como método. Sus intervenciones no buscan cerrar ideas de forma coherente, sino abrir múltiples puertas a la vez. Una frase puede parecer contradictoria —“una tontería, pero valiente e inteligente”— y, sin embargo, cumplir perfectamente su función: no comprometerse del todo con ninguna lectura y, al mismo tiempo, no perder a ningún público.

Ahí hay una clave. La contradicción no siempre es un error; muchas veces es un recurso. Permite criticar sin romper, apoyar sin asumir costos, moverse sin quedar atrapado. Es, en el fondo, una forma de elasticidad discursiva. Y en un escenario político fragmentado, esa elasticidad puede ser más útil que la coherencia rígida.

Pero ese tipo de manejo tiene un límite, y ese límite no está en el discurso, sino fuera de él. La realidad material termina imponiendo condiciones. Cuando la vida cotidiana empieza a chocar de forma sistemática con el relato, el margen de maniobra se reduce. No de golpe, no de manera uniforme, pero sí de forma acumulativa.

Los datos de encuestas recientes ayudan a aterrizar esto, y aquí es importante señalar de dónde provienen. No se trata de una sola fuente, sino de una convergencia de estudios de varias firmas y medios:

Panorama general (promedios de encuestas como Reuters/Ipsos, YouGov y Gallup):

  • Aprobación: 33% – 37%
  • Desaprobación: 60% o más
  • Percepción de que el país va en mala dirección: ≈ 70%

Temas clave (mediciones de Reuters/Ipsos y YouGov):

  • Aprobación en costo de vida / economía cotidiana: ≈ 22%
  • Evaluación negativa de decisiones en política exterior (como Irán): ≈ 60%+

Segmentación política (encuestas de YouGov, Pew Research Center):

  • Republicanos (base): ≈ 75% – 80% de apoyo
  • Demócratas: rechazo mayoritario (60% – 70%+)
  • Independientes: posición fluctuante, tendencia crítica

Dentro de su propia base (datos de University of Massachusetts Amherst y Reuters/Ipsos):

  • Votantes con dudas o arrepentimiento: ≈ 15% – 20%
  • Apoyo a su gestión económica dentro del propio campo: ≈ 50%

Estos números no son solo cifras; marcan un punto de inflexión. Y al provenir de distintas metodologías y equipos, refuerzan la idea de que no es una percepción aislada, sino una tendencia consistente.

El relato, en este punto, ya no logra expandirse hacia el conjunto del electorado. Sigue siendo eficaz, pero dentro de un perímetro más limitado.

Eso no significa que haya perdido su fuerza. Dentro de su base, el discurso sigue funcionando. Y no es difícil entender por qué. Ahí no opera tanto la lógica formal como la identificación. No se trata solo de estar de acuerdo con lo que se dice, sino de reconocer en ese discurso una forma de ver el mundo, una posición frente a otros.

Por eso, las contradicciones que desde fuera parecen evidentes, desde dentro se procesan de otra manera. No necesariamente como incoherencias, sino como matices, como formas de decir algo más complejo, o incluso como señales de autenticidad. En ese nivel, lo importante no es que todo encaje perfectamente, sino que el líder no abandone el marco que da sentido al grupo.

Sin embargo, incluso ahí empiezan a aparecer fisuras. No un quiebre total, pero sí señales de desgaste. Parte de su propio electorado comienza a expresar dudas, sobre todo cuando el discurso entra en tensión con aspectos concretos de la vida: el costo de vida, la estabilidad, la percepción de seguridad. Es en ese punto donde la narrativa deja de ser suficiente por sí sola.

Lo que queda entonces es una especie de doble realidad. Por un lado, un núcleo duro que se mantiene, sostenido más por identidad que por evaluación puntual. Por otro, un espacio más amplio donde el relato pierde fuerza cuando no logra traducirse en experiencia tangible.

Ahí está, quizás, la clave de todo esto. El control de la narrativa existe, funciona y puede ser muy potente. Pero no es absoluto. Tiene un campo de acción, y fuera de ese campo empieza a desgastarse. Puede ordenar la percepción durante un tiempo, incluso prolongado, pero no puede sustituir indefinidamente la experiencia concreta de las personas.

En ese sentido, más que hablar de dominio total, habría que hablar de dominio parcial y en tensión constante. Y entender que, en política, el relato no cae cuando se demuestra que es contradictorio, sino cuando deja de ser creíble en la vida cotidiana.

Ahí es donde empieza realmente a perder poder.