Antonio Muñoz.
Por Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga
Hace algún tiempo, un gigante era aquel que medía seis pies o un poquito más. Por encima de esa cifra, era un cíclope, al estilo de aquel que Ulises redujo con su inteligencia en el regreso a Ítaca. Hasta en los equipos debaloncesto se veían jugadores con escasa estatura, como Raúl García, un extraclase con el balón en la mano, que no sobrepasaba con holgura los seis pies. Y para nosotros era un gigante, quizás por la maestría que lo desbordó.
En los años cuarenta y cincuenta del siglo XX, a Roberto Ortiz, un camagüeyano de nacimiento, talo vez el jugador de béisbol más popular durante años, le llamaron El Gigante de Senado, nombre del central donde nació. Rebosaba la estatura media de su época. Hoy varios peloteros son más altos que él. Pero los que trascienden no se miden de la cabeza a los pies, sino por la huella que suelen dejar en el terreno, una entrega sin límites y la carga de virtudes que suelen acompañarlos.
A mediados de la década del sesenta, Pedro Natilla Jiménez, aquel lanzador que tanta gloria dio a Cubaantes de 1959 y después como manager, salió con olfato envidiable a buscar jugadores de talento por diferentes zonas de la geografía central. Fichó dos o tres y no se sintió del todo feliz. Entonces avanzó por entre las cumbres del Escambray, escenario de épicas batallas, y se encontró con un arriero al que los pies casi le rozaban el piso sobre un burro, que reía a mandíbula batiente, con tradicionales montañesas y pícaros cantos campesinos.