Recibí hace ya meses un mensaje inquietante. ¿Cuándo, preguntaba el interesado, comenzaron las cajitas de comida? Esto es, en qué momento empezaron, en eventos privados y públicos, a utilizarse esos recipientes para servir el refrigerio. Otra pregunta se incluía en el texto de aquel correo electrónico, y está más difícil de responder. ¿Era frecuente, antes de 1959, que los restaurantes hicieran su oferta en cajas de cartón? En una época en la que no existían las llamadas charolas, esos prácticos termo envases de plástico o poli espuma, ¿de qué medios se valía el cliente si quería llevar a su casa porciones de comida ya elaborada? Había una tercera interrogante. ¿Cómo se repartía el buffet en la celebración de un cumpleaños, una fiesta de 15 digamos, o en una boda?
El tema, ya de por sí, es interesante. Más aún, porque como dice Tere Castillo en su libro Nostalgia cubana, las cajitas de fiesta pasaron al habla popular y se instalaron en el imaginario colectivo. «Cogió cajita» o «Llegó tarde al reparto de cajitas», son frases que se emplean metafóricamente para indicar que alguien tuvo buena o mala suerte.
Precisemos enseguida que una buena cajita —de cumpleaños o de cualquier fiesta— debe contener ensalada fría, dos o tres croquetas pequeñas, un bocadito de jamón y queso, por mínimo que sea, y el inevitable pedazo de cake. Otras, que ofertan establecimientos privados a un precio que fluctúa entre 25 y 50 pesos, puede incluir arroz congrí o moro, bistec de cerdo, ensalada y alguna vianda frita.