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lunes, 19 de enero de 2026

Cuando el mundo envejece y se culpa a los críticos


Cipriano de Cartago, Marx, Gramsci y Benjamin frente a la crisis de los imperios

En el siglo III, en medio de guerras, epidemias, inflación, descomposición moral y pérdida de legitimidad política, el Imperio romano buscó responsables. La acusación fue clara: los cristianos eran culpables de la decadencia. Su negativa a rendir culto a los dioses tradicionales habría atraído la ira divina y provocado el caos. Frente a esta narrativa, Cipriano de Cartago formuló una de las reflexiones más lúcidas de la Antigüedad tardía sobre la crisis histórica.

En Ad Demetrianum, Cipriano escribe, en un pasaje clave:

“No deben sorprendernos estos males: el mundo ha envejecido. Ya no tiene la fuerza de antes, ni la fecundidad, ni el vigor.”
(mundus iam senescit)

La afirmación es decisiva. Cipriano rompe con la idea de una crisis causada por una desviación religiosa puntual y propone, en cambio, una lectura histórica: los órdenes humanos nacen, se desarrollan y se desgastan. La crisis no es producto de una minoría disidente, sino de un sistema que ha agotado su fundamento ético.

La inversión de la culpa: de Roma al capitalismo

Cipriano insiste en que Roma no sufre porque haya cristianos, sino porque ha dejado de practicar la justicia. En otro pasaje acusa directamente a las élites imperiales:

“Cada cual busca su propio beneficio; nadie piensa en el pobre, nadie se conmueve ante el necesitado.”

Aquí aparece un núcleo que conecta directamente con la crítica marxista: la injusticia estructural precede a la crisis, no al revés. Marx formulará esto en términos de economía política. En el Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política escribe:

“En cierto estadio de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes.”

La crisis, para Marx, no es causada por ideas subversivas, sino por una contradicción interna del sistema. Sin embargo, cuando esa contradicción estalla, el poder necesita desplazar la responsabilidad. Y ahí aparece el mismo mecanismo que ya denunciaba Cipriano: culpar a los críticos.

Ayer fueron los cristianos; hoy, con frecuencia, los izquierdistas.

Hegemonía, crisis y demonización del disenso

Antonio Gramsci aporta una herramienta clave para entender este fenómeno. En los Cuadernos de la cárcel escribe una de sus frases más citadas:

“La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer; en este interregno surgen los fenómenos morbosos más variados.”

Uno de esos “fenómenos morbosos” es la criminalización de la crítica. Cuando la hegemonía se resquebraja, el bloque dominante ya no puede gobernar solo por consenso y recurre cada vez más a la coerción simbólica y material. La izquierda, los movimientos sociales, los disidentes, pasan a ser presentados como causantes del desorden, no como expresión del agotamiento del orden existente.

Esto explica por qué, en contextos de crisis profundas, el discurso dominante insiste en que “la ideología” destruye la economía, cuando en realidad —como diría Marx— es la economía la que ha entrado en contradicción consigo misma.

Benjamin: el progreso como ruina acumulada

Walter Benjamin lleva esta reflexión a un plano histórico-filosófico radical. En sus Tesis sobre el concepto de historia, describe al ángel de la historia:

“Donde nosotros vemos una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que acumula incansablemente ruina sobre ruina.”

Benjamin desmonta la idea de que las crisis sean anomalías causadas por fuerzas externas. La catástrofe no irrumpe desde fuera: es el propio curso de la historia bajo relaciones de dominación lo que produce ruinas. Culpar a los críticos equivale, entonces, a negar el carácter estructural de la catástrofe.

Cuando hoy se acusa a la izquierda de “destruir el país”, se reproduce exactamente la lógica que Benjamin denuncia: se protege el mito del progreso del sistema, aunque ese progreso haya producido exclusión, pobreza y deshumanización.

Dos lenguajes, una misma verdad histórica

Cipriano no habla de plusvalía ni de hegemonía; Marx no habla de pecado ni de justicia divina. Sin embargo, convergen en un punto esencial:

  • los sistemas históricos no caen por culpa de quienes los cuestionan,

  • sino porque ya no pueden garantizar condiciones de vida dignas.

La persecución del disenso no es signo de fortaleza, sino de agotamiento histórico. Cipriano lo entendió cuando Roma aún parecía invencible. Marx, Gramsci y Benjamin lo formularon frente al capitalismo moderno.

Ayer y hoy

Ayer, el Imperio romano acusó a los cristianos de su decadencia.
Hoy, el orden capitalista acusa a la izquierda de la crisis que él mismo ha generado.

En ambos casos, la acusación cumple la misma función: evitar una autocrítica estructural y preservar, aunque sea de forma violenta o simbólica, un orden que ya no puede sostenerse moral ni materialmente.

Conclusión

Cipriano tenía razón: el mundo envejece. Y cuando un mundo envejece, necesita enemigos para no mirarse al espejo. Marx, Gramsci y Benjamin nos enseñan que esos enemigos suelen ser quienes ponen palabras a la injusticia.

La historia es clara:

cuando un sistema necesita culpar a los críticos para explicarse a sí mismo, es porque su tiempo ya está pasando.


 Referencias explícitas y anclaje textual
1. Cipriano de Cartago
Obra principal citada:
Cipriano de Cartago, Ad Demetrianum, ca. 252 d.C.
Referencias concretas:
Ad Demetrianum, cap. 3:
“Non iam vigor est iste saeculo, nec robur illud, nec virtus.”
(El mundo ya no tiene aquel vigor, ni aquella fuerza, ni aquella vitalidad.)
Ad Demetrianum, cap. 5:
Cipriano rechaza que las calamidades sean culpa de los cristianos y acusa la avaricia, la injusticia y la explotación como causas reales del deterioro social.
Edición de referencia recomendada:
Corpus Christianorum Series Latina (CCSL), vol. 3, Turnhout, Brepols.
Traducción castellana: Obras de San Cipriano, BAC, Madrid.
Clave interpretativa:
Cipriano introduce una teología histórica del desgaste de los órdenes humanos, no una explicación providencialista simplista. El “envejecimiento del mundo” es histórico y moral, no meramente religioso.
2. Karl Marx
Obras citadas:
Marx, Karl, Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política (1859).
Referencia exacta:
Prólogo, párrafo 3:
“En cierto estadio de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes… De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas.”
Otras referencias pertinentes:
Marx, Karl, El Capital, tomo I, cap. 25 (La acumulación originaria).
Marx / Engels, La ideología alemana (1845–46), especialmente el apartado sobre la inversión ideológica de la realidad material.
Clave interpretativa:
Para Marx, las ideas no causan las crisis; las crisis emergen de contradicciones estructurales. La demonización ideológica aparece después, como mecanismo de legitimación del poder.
3. Antonio Gramsci
Obra citada:
Gramsci, Antonio, Cuadernos de la cárcel (1929–1935).
Referencia exacta:
Cuaderno 3, §34:
“La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer; en este interregno surgen los fenómenos morbosos más variados.”
Cuaderno 13, §23:
Análisis del paso del consenso a la coerción cuando la hegemonía se debilita.
Edición recomendada:
Gramsci, Cuadernos de la cárcel, ed. crítica de Valentino Gerratana, Einaudi.
Traducción castellana: Ed. Era / Akal.
Clave interpretativa:
La criminalización del disenso es un síntoma clásico de crisis hegemónica, no su causa.
4. Walter Benjamin
Obra citada:
Benjamin, Walter, Tesis sobre el concepto de historia (1940).
Referencia exacta:
Tesis IX (el “Ángel de la Historia”):
“Donde nosotros vemos una cadena de acontecimientos, él ve una sola catástrofe que amontona ruina sobre ruina.”
Tesis VII:
Crítica a la historia escrita desde el punto de vista de los vencedores.
Edición recomendada:
Benjamin, Iluminaciones, Taurus / Penguin.
Benjamin, Obras, vol. I, Abada.
Clave interpretativa:
La crisis no es anomalía ni interrupción del progreso, sino resultado acumulativo de un orden histórico basado en dominación.

lunes, 1 de diciembre de 2025

El control de la moneda desde una perspectiva revolucionaria: Marx, Lenin y los debates contemporáneos

 


I. Introducción

La cuestión del control monetario ha sido históricamente una de las palancas fundamentales del poder económico del Estado. Para los pensadores revolucionarios, esta palanca no es solo un mecanismo técnico, sino un elemento decisivo en la lucha por la soberanía económica, la independencia política y la construcción de una sociedad no subordinada a las fuerzas del capital internacional.

Desde Karl Marx y Friedrich Engels hasta Lenin y autores posteriores como Rudolf Hilferding, Samir Amin o Ernest Mandel, la moneda y el crédito estatal han sido entendidos como instrumentos que reflejan, condensan y reproducen las relaciones de fuerza de una sociedad. Este artículo propone revisar sus aportes para comprender la relevancia del control monetario estatal y sus desafíos en países bajo presión externa.

II. Marx: el dinero como relación social y poder político

Para Marx, el dinero no es una cosa, sino una relación social objetivada. En sus análisis del valor, la circulación y el crédito, Marx subraya que la moneda expresa el poder del capital y la estructura de dominación que lo sostiene.

1. El dinero como “equivalente general”

En El Capital, Marx plantea:

“El dinero es la forma en que se cristaliza la relación social entre todos los productores” (El Capital, Libro I, cap. 3).

Esto significa que la estabilidad o inestabilidad de la moneda es un síntoma de la estructura de la economía, especialmente de la relación entre producción interna y circulación mercantil.

2. El Estado y la forma dineraria

Contrario al mito liberal, Marx reconoce un rol central del Estado en la definición de la moneda:

“El Estado fija la escala de precios, como cantidad de oro que constituye la unidad monetaria” (El Capital, Libro I, cap. 3).

Aquí Marx sostiene que, aunque el dinero proviene del intercambio mercantil, el Estado interviene decisivamente en su forma para garantizar uniformidad, confianza y legalidad.

3. El papel del crédito y el banco central

En los manuscritos sobre el crédito (1857-1858), Marx afirma:

“El sistema de crédito se convierte en un poderoso instrumento para impulsar la producción, pero también en el medio más eficaz para dominarla desde el Estado o desde las grandes asociaciones de capital” (Grundrisse).

Esto es clave:
Marx entiende que el sistema financiero puede ser capturado por el capital o subordinado a un Estado revolucionario para direccionar el desarrollo.

Por tanto, para Marx el control del sistema monetario-crediticio es una batalla política, no solo técnica.

III. Lenin: la moneda como instrumento de poder en la transición socialista

Lenin profundizó el sentido estratégico del control monetario, especialmente durante la guerra civil rusa y la Nueva Política Económica (NEP).

1. El dinero en el periodo revolucionario

En El Estado y la revolución, Lenin observa que la transición socialista requiere utilizar herramientas capitalistas:

“No podemos saltar por encima del dinero ni de los bancos. Debemos utilizarlos como instrumentos de control, de registro, de dirección.” (Cap. V).

Para Lenin, el dinero no desaparece con la revolución; se vuelve instrumento de control estatal y social.

2. El Banco Central como “centro nervioso”

En su artículo Las tareas inmediatas del poder soviético (1918), Lenin escribe:

“Sin un banco estatal y sin el control del crédito, la economía socialista es imposible. El banco es el aparato que permite la contabilidad y el control de toda la economía.”

Aquí se anticipa al pensamiento moderno sobre banca central activa, planificación y coordinación.

3. La NEP y el restablecimiento de la moneda fuerte

Durante la NEP, Lenin apoyó la creación del chervonets, una moneda respaldada parcialmente en oro y en producción real. La razón:

“Se necesita una moneda estable para reconstruir la economía sobre bases firmes” (Lenin, discurso de 1921).

Lenin comprendió que la inflación crónica destruye tanto la productividad como la confianza popular.

IV. Hilferding, la banca y la “democracia económica”

Rudolf Hilferding, marxista y ministro de Finanzas austríaco, aportó reflexiones claves en El capital financiero (1910):

“El control de los bancos es el control del crédito, y quien controla el crédito dirige la economía.”

Hilferding muestra que el capital financiero centraliza el poder económico, y por ello un Estado orientado hacia el socialismo debe centralizar el sistema bancario como base de la planificación.

Su visión influyó tanto en Lenin como en posteriores debates socialistas.

V. Autores contemporáneos: Amin, Mandel y otros

1. Samir Amin

Para Amin, los países periféricos son vulnerables porque sus monedas se subordinan estructuralmente al dólar:

“La soberanía monetaria es imposible sin soberanía productiva, y esta es destruida por la dependencia externa.” (El capitalismo en la era de la globalización).

2. Ernest Mandel

Mandel enfatiza:

“El socialismo requiere un sistema monetario estable, controlado por los trabajadores y por un Estado que planifique democráticamente.” (Tratado de economía marxista).

VI. El caso cubano: soberanía monetaria bajo asedio

Cuba está en una situación distinta a la de los países en condiciones de normalidad. Su moneda opera:

  1. En una economía bloqueada desde fuera,

  2. Con distorsiones estructurales internas,

  3. Y ante mercados paralelos estimulados por políticas estadounidenses.

Marx y Lenin ayudan a entender que la moneda no se sostiene solo por decreto, sino por estructura productiva, correlación de fuerzas y confianza social.

Dificultades externas

  • El dólar actúa como arma geopolítica, absorbiendo valor desde la periferia.

  • El bloqueo impide el acceso regular a divisas, créditos y mercados.

  • Las sanciones generan alta demanda informal de divisas, debilitando el peso.

Dificultades internas

  • Insuficiente producción nacional que respalde la moneda.

  • Dualidades monetarias que fragmentan precios, salarios y expectativas.

  • Desconfianza acumulada en los mecanismos oficiales de cambio.

  • Falta de transparencia en la contabilidad macroeconómica (reservas, flujos, déficit).

VII. ¿Qué enseñan Marx y Lenin para casos como Cuba?

A partir de sus ideas pueden derivarse cuatro principios estratégicos:

1. La moneda se sostiene con producción real (Marx)

Sin aumento de producción doméstica, ningún mecanismo monetario estabiliza la moneda en el largo plazo.

2. El Estado debe controlar el sistema financiero (Lenin)

Pero no solo por decreto:
Debe ser eficiente, transparente y confiable para la población.

3. Es imprescindible un sistema único y coherente de precios y monedas (Lenin, NEP)

Los mercados paralelos destruyen la autoridad del Estado.

4. La soberanía monetaria depende de soberanía económica (Amin)

La diversificación productiva es una defensa contra el dólar.

VIII. Conclusión

Como ya expresamos en el artículo anterior, el control de la moneda no es simplemente un problema económico, sino una disputa por la soberanía. Marx, Lenin y otros pensadores revolucionarios mostraron que la moneda es un espacio de lucha política donde se expresa quién dirige realmente la economía:
¿el Estado y la sociedad, o las fuerzas del capital interno y externo?

Cuba enfrenta hoy una tormenta monetaria en condiciones extremas, pero la teoría revolucionaria brinda herramientas para comprender la compleja interrelación entre producción, confianza, poder y moneda. Solo desde un enfoque integral —económico, político y social— podrá encontrarse un camino de estabilización duradera.

JECM