martes, 29 de septiembre de 2026

Los que tienen mucho y los que no tienen nada

Reflexiones sobre la riqueza, el desprendimiento y la paradoja de poseer

Los que no tienen nada suelen ser los más desprendidos, porque menos que nada es nada. Los que tienen mucho, en cambio, pueden llegar a vivir pendientes de sus posesiones, del cálculo y de la ganancia. Los que nada tienen no temen perder aquello que no poseen, mientras que quienes mucho acumulan pueden pasar buena parte de su existencia atormentados por la posibilidad de perderlo. Sin embargo, la paradoja más interesante aparece cuando descubrimos que quienes aparentemente no tienen nada pueden tener mucho, mientras que quienes parecen tenerlo todo pueden terminar no teniendo nada.

Pero existe otra contradicción, quizás menos evidente: no siempre se es desprendido porque se es pobre; en ocasiones, se es pobre precisamente porque se es desprendido. Hay personas cuya disposición hacia la generosidad, el desapego material y la satisfacción de necesidades relativamente modestas constituye una característica tan arraigada de su personalidad que la acumulación nunca llega a convertirse en una aspiración fundamental de sus vidas.

Esta última consideración modifica sustancialmente nuestra manera de entender la relación entre riqueza, pobreza y desprendimiento. Porque no solamente las condiciones materiales influyen sobre nuestras actitudes ante la vida; también nuestras convicciones, prioridades y disposiciones personales pueden determinar la relación que establecemos con los bienes materiales y, en determinadas circunstancias, el grado de riqueza que llegamos a acumular.

Naturalmente, esta reflexión encierra contradicciones que merecen examinarse con cuidado. No todos los pobres son desprendidos, como tampoco todos los ricos son egoístas. La pobreza no constituye por sí misma una virtud, ni la abundancia material determina necesariamente la condición moral de las personas. Pero existe una relación entre nuestra manera de entender la propiedad y nuestra capacidad para disfrutar de la vida que resulta difícil ignorar. Una relación que, cuando llevamos la acumulación hasta sus últimas consecuencias, puede convertir aquello que inicialmente buscábamos como garantía de libertad en una fuente permanente de dependencia.

El ser humano necesita poseer determinadas cosas para vivir dignamente. Necesita alimento, vivienda, vestido, seguridad y los recursos que le permitan desarrollar sus capacidades. Nadie debería verse obligado a vivir en la miseria para demostrar su generosidad, como tampoco debería ser necesario renunciar al bienestar material para alcanzar una existencia espiritualmente enriquecedora. El problema comienza cuando las necesidades dejan de establecer los límites de nuestras aspiraciones y es la acumulación la que comienza a determinar qué necesitamos.

Entonces ocurre algo extraordinario: cuanto más tenemos, más cosas aparecen que debemos conservar, proteger, asegurar y, en ocasiones, defender de nuestros semejantes. Lo que inicialmente constituía un instrumento para facilitar la existencia puede terminar transformándose en una preocupación que ocupa buena parte de ella. La casa, el automóvil, las inversiones, las propiedades y los objetos que adquirimos para mejorar nuestra calidad de vida pueden convertirse, cuando su conservación se transforma en una obsesión, en los verdaderos administradores de nuestro tiempo.

Y el tiempo, a diferencia del dinero, es una riqueza que no podemos acumular indefinidamente.

Cuando las posesiones terminan poseyéndonos

Erich Fromm desarrolló una reflexión particularmente interesante sobre esta contradicción en su obra ¿Tener o ser?. Para el pensador humanista, una de las grandes dificultades de la sociedad contemporánea consiste en haber convertido la posesión en una forma predominante de definir nuestra identidad. Dejamos de preguntarnos quiénes somos para comenzar a responder mediante un inventario de aquello que tenemos.

En la orientación existencial del tener, nuestra seguridad depende de lo que poseemos. En la orientación del ser, por el contrario, adquieren mayor importancia nuestras capacidades para amar, crear, comprender, compartir y participar activamente en la vida. No se trata de dos condiciones económicas, sino de dos maneras diferentes de relacionarnos con el mundo.

Esta distinción permite comprender por qué una persona económicamente humilde puede disfrutar de una riqueza humana extraordinaria y, al mismo tiempo, alguien rodeado de abundancia puede experimentar un profundo vacío existencial. La primera puede encontrar sentido en las relaciones que construye, en aquello que aprende y en lo que comparte; la segunda puede descubrir que sus posesiones, por numerosas que sean, no consiguen satisfacer necesidades humanas que pertenecen a un orden diferente.

Porque podemos comprar una vivienda, pero no necesariamente construir un hogar. Podemos pagar por compañía, pero no comprar una amistad sincera. Podemos adquirir conocimientos mediante una formación costosa, pero no garantizar con dinero la sabiduría. Y podemos disponer de todos los recursos imaginables para prolongar nuestra existencia sin haber aprendido verdaderamente a vivirla.

La riqueza material amplía nuestras posibilidades, pero no determina por sí misma el sentido que somos capaces de encontrarles.

Desde esta perspectiva, el miedo a perder lo que tenemos adquiere una dimensión diferente. Quien construye toda su identidad alrededor de sus posesiones no teme únicamente la pérdida económica. Teme que, al desaparecer aquello que considera suyo, desaparezca también una parte de lo que cree ser.

Es entonces cuando el propietario puede terminar convertido en prisionero de su propiedad.

Cuando el desprendimiento precede a la pobreza

Generalmente pensamos que las circunstancias económicas determinan nuestra relación con las posesiones. Suponemos que quien posee poco aprende a desprenderse porque no dispone de grandes riquezas a las cuales aferrarse, mientras que quien acumula mucho desarrolla una preocupación creciente por conservar aquello que ha conseguido.

Sin embargo, también puede ocurrir exactamente lo contrario. Hay personas que poseen poco porque nunca hicieron de la acumulación el propósito fundamental de su existencia. Su relativa pobreza material no es necesariamente la causa de su desprendimiento, sino que puede ser, al menos parcialmente, una consecuencia de él.

En determinados seres humanos, la generosidad parece constituir una disposición profundamente arraigada en su manera de relacionarse con el mundo. No necesitan realizar un cálculo previo para decidir si comparten algo de lo que poseen, ni consideran que toda oportunidad de obtener una ventaja material deba ser aprovechada. Su relación con los bienes está subordinada a una escala de valores donde ocupan un lugar importante la solidaridad, los afectos, la tranquilidad personal y la satisfacción de necesidades que no pueden expresarse mediante una cuenta bancaria.

Es posible que algunas de estas personas hayan tenido oportunidades de enriquecerse y hayan preferido otros caminos. Quizás dedicaron tiempo a quienes necesitaban su ayuda cuando hubieran podido emplearlo en actividades más lucrativas. Tal vez compartieron recursos que otros habrían conservado celosamente, o sencillamente nunca experimentaron la necesidad de competir por alcanzar una posición económica superior.

No necesariamente desconocen el valor del dinero. Comprenden perfectamente que proporciona seguridad, comodidad y oportunidades. Lo que ocurre es que no le conceden el mismo lugar que otras personas dentro de sus aspiraciones.

Y aquí debemos introducir una distinción fundamental: no hablamos de quienes carecen de recursos porque han sido privados de oportunidades, explotados o excluidos de los beneficios de la riqueza socialmente producida. Esa pobreza tiene causas estructurales que no pueden explicarse mediante las preferencias individuales. Nos referimos a quienes, aun disponiendo de determinadas posibilidades, organizan su existencia alrededor de prioridades distintas de la acumulación.

Tampoco pretendemos presentar esta actitud como una condición innata e inmodificable. El desprendimiento puede surgir de una disposición personal, pero también desarrollarse mediante la educación, las experiencias familiares, las relaciones comunitarias y las convicciones éticas que vamos construyendo a lo largo de nuestra vida. En algunos individuos, la combinación de estos factores llega a configurar una manera de ser en la que compartir resulta más natural que acumular.

En una sociedad donde el éxito suele medirse por el patrimonio alcanzado, estas personas pueden aparecer como individuos que no han sabido aprovechar sus oportunidades. Pero semejante interpretación presupone que todos perseguimos los mismos objetivos y que la realización personal debe medirse mediante idénticos indicadores económicos.

¿Podemos considerar fracasado a quien nunca se propuso alcanzar aquello que otros consideran indispensable para triunfar?

La pregunta obliga a reconocer que existen diferentes maneras de concebir una vida satisfactoria. Quien concede mayor importancia a sus relaciones personales, a la creación, al conocimiento o a su participación en la comunidad puede tomar decisiones económicas distintas de quien organiza su existencia alrededor del crecimiento patrimonial.

Desde luego, el desprendimiento tampoco debe confundirse con la imprevisión. Una generosidad que compromete irresponsablemente el bienestar de quienes dependen de nosotros puede terminar produciendo sufrimientos evitables. Pero cuando compartir constituye una decisión consciente y compatible con una existencia digna, expresa una libertad que no siempre reconocemos suficientemente: la de no necesitar apropiarnos de todo aquello que está a nuestro alcance.

Así aparece una paradoja reveladora. Mientras algunas personas consideran necesario tener mucho para poder desprenderse de algo, otras nunca sintieron la necesidad de acumular para comenzar a compartir.

El desprendimiento, por tanto, no consiste exclusivamente en nuestra disposición a entregar lo que poseemos, sino también en nuestra capacidad para no desear poseer todo aquello que podríamos conseguir.

El desprendimiento de quienes tienen poco

Existe una experiencia humana que se repite en sociedades y culturas muy diferentes: personas que disponen de recursos escasos son capaces de compartir aquello que apenas les alcanza para satisfacer sus propias necesidades.

Quien ha experimentado determinadas carencias puede reconocer con particular sensibilidad las necesidades ajenas. Sabe lo que significa encontrarse ante una dificultad sin disponer de medios suficientes para resolverla y comprende el valor que puede tener una ayuda aparentemente insignificante.

Un plato de comida compartido, una habitación ofrecida a quien no tiene dónde dormir o el pequeño préstamo que se concede sin garantías constituyen gestos cuya importancia no puede calcularse únicamente mediante su valor económico.

Por supuesto, no se trata de una ley universal. La pobreza también puede producir miedo, desconfianza y comportamientos individualistas, especialmente cuando la supervivencia cotidiana se convierte en una lucha permanente. Pero precisamente por eso resulta tan significativo el desprendimiento de quienes, aun viviendo en condiciones difíciles, conservan la capacidad de reconocer al otro como alguien con quien compartir y no como un competidor al que deben vencer.

Aquí aparece una diferencia fundamental entre el precio de las cosas y el valor que adquieren en nuestras relaciones humanas. Para quien dispone de abundantes recursos, entregar una pequeña cantidad puede representar un sacrificio insignificante. Para quien apenas tiene lo necesario, compartir una parte de ello puede significar renunciar temporalmente a satisfacer alguna necesidad propia.

No siempre da más quien entrega una cantidad mayor.

Esta idea tiene un antecedente particularmente hermoso en el Evangelio. En el relato de la ofrenda de la viuda pobre, recogido en Marcos 12:41-44 y Lucas 21:1-4, Jesús observa cómo algunas personas acomodadas depositan sus ofrendas en el tesoro del templo, mientras una viuda entrega dos pequeñas monedas. Su enseñanza no consiste en comparar cantidades, sino en reconocer la diferencia entre entregar una parte de lo que sobra y compartir aquello que resulta necesario para vivir.

Sin embargo, sería un error interpretar esta enseñanza como una invitación a que los pobres acepten resignadamente sus privaciones. La misma tradición bíblica que reconoce el valor del desprendimiento denuncia reiteradamente la explotación, la injusticia y la acumulación realizada a costa de los demás.

La generosidad de los pobres no puede convertirse en una justificación moral de la pobreza, ni su disposición a compartir debe utilizarse como argumento para perpetuar las condiciones que les impiden vivir dignamente.

La riqueza como instrumento y como finalidad

Desde otra perspectiva, Karl Marx examinó cómo las relaciones económicas pueden terminar subordinando a los seres humanos a los productos de su propia actividad. Su análisis del fetichismo de la mercancía muestra cómo, bajo determinadas relaciones sociales, los vínculos entre las personas adquieren la apariencia de relaciones entre cosas.

La mercancía deja de ser únicamente un objeto destinado a satisfacer una necesidad y aparece inserta en un sistema donde su valor de cambio adquiere una importancia determinante. La producción ya no responde exclusivamente a lo que las personas necesitan, sino también, y fundamentalmente, a las exigencias de la valorización del capital.

Aunque el análisis de Marx se desarrolla en el terreno de las relaciones sociales de producción, permite establecer un diálogo interesante con la reflexión existencial de Fromm. Ambos, desde enfoques distintos, nos conducen hacia una pregunta acerca de la subordinación de la vida humana a aquello que ella misma produce.

¿Trabajamos para vivir o terminamos viviendo para trabajar y acumular?

La cuestión no consiste en negar la importancia del trabajo, del progreso técnico o de la prosperidad material. Sería absurdo desconocer que el desarrollo de las fuerzas productivas ha permitido ampliar extraordinariamente las posibilidades de la humanidad. Lo que merece cuestionarse es que esos avances no se traduzcan necesariamente en una mayor disponibilidad de tiempo para desarrollar nuestras capacidades, disfrutar de nuestras relaciones y enriquecer nuestra existencia.

Una sociedad puede producir una cantidad creciente de bienes y, simultáneamente, generar individuos cada vez más preocupados por adquirirlos, conservarlos y sustituirlos. El aumento de la productividad no garantiza por sí mismo una mayor libertad si las nuevas posibilidades materiales terminan subordinadas a una necesidad permanente de consumir.

El problema adquiere entonces una dimensión que trasciende las decisiones individuales. No basta con recomendar desprendimiento a las personas cuando la propia organización económica estimula continuamente la acumulación, convierte el consumo en una medida del éxito y presenta la competencia como una condición inevitable de la existencia.

No podemos analizar la obsesión por poseer como si surgiera exclusivamente de una debilidad moral individual. También debemos examinar las condiciones sociales que la alimentan y reproducen.

Sin embargo, tampoco podemos reducir toda conducta humana a una respuesta mecánica ante esas condiciones. La existencia de individuos que, incluso dentro de sociedades profundamente orientadas hacia el consumo, desarrollan una relación diferente con los bienes materiales demuestra que las personas conservan cierta capacidad para construir prioridades que no coinciden necesariamente con los valores dominantes.

Esa capacidad no elimina las estructuras económicas, pero permite cuestionarlas desde nuestra propia manera de vivir.

El miedo a perder y el miedo a no tener

Regresemos a nuestra paradoja inicial. Los que no tienen nada, aparentemente, no tienen miedo a perder lo que no poseen. Los que tienen mucho pueden vivir preocupados ante la posibilidad de perderlo.

Pero esta formulación necesita una precisión importante.

Quien vive en la pobreza no está libre del miedo. Por el contrario, puede conocer algunas de sus manifestaciones más dolorosas: el temor a enfermar y no disponer de atención adecuada, a perder el empleo, a no poder alimentar a sus hijos o a quedarse sin un techo. No tener propiedades no significa carecer de algo que perder. Hay personas cuya existencia entera se encuentra marcada por el miedo a perder las condiciones mínimas que hacen posible su supervivencia.

Por eso, el desprendimiento no debe confundirse con la ausencia de necesidades materiales.

Lo que resulta interesante es que, una vez satisfechas las condiciones fundamentales para una existencia digna, la acumulación no necesariamente elimina el temor. Puede simplemente modificar su naturaleza.

El miedo a no tener suficiente puede transformarse en el miedo a perder lo acumulado. Y este último, cuando la propiedad se convierte en el fundamento de nuestra identidad, puede crecer en lugar de disminuir conforme aumenta la riqueza.

La seguridad económica es una aspiración legítima. Pero la búsqueda de una seguridad absoluta mediante la acumulación puede terminar convirtiéndose en una carrera sin meta, porque siempre será posible imaginar una pérdida mayor, una inversión más rentable o una posición social más elevada.

Así, unos viven pendientes de alcanzar lo indispensable y otros pueden terminar dedicando sus vidas a conservar lo que excede ampliamente sus necesidades.

Existe, no obstante, una tercera posibilidad: la de quienes, habiendo alcanzado condiciones suficientes para vivir dignamente, deciden no continuar subordinando su tiempo y sus energías a una acumulación creciente. Estas personas no han eliminado necesariamente el miedo ni se encuentran libres de las incertidumbres económicas, pero han establecido un límite consciente a aquello que consideran necesario poseer.

La contradicción no se encuentra únicamente en la desigual distribución de los bienes, sino también en la manera en que esa distribución y nuestras propias aspiraciones condicionan la relación que establecemos con el tiempo, la libertad y los demás.

Tener mucho no significa necesariamente ser rico

Quizás deberíamos preguntarnos qué entendemos realmente por riqueza.

Si únicamente consideramos la cantidad de bienes materiales disponibles, la respuesta resulta relativamente sencilla. Pero si incorporamos otras dimensiones de la existencia, el concepto adquiere una complejidad considerable.

Una persona puede disponer de recursos económicos modestos y poseer una vida extraordinariamente rica en relaciones humanas, conocimientos, experiencias y posibilidades de realización personal. Otra puede controlar una fortuna inmensa y encontrarse empobrecida en aquellas dimensiones que no admiten una equivalencia monetaria.

Esto no significa que ambas situaciones sean materialmente equivalentes. La ausencia de recursos limita posibilidades reales y puede convertirse en un obstáculo para el desarrollo humano. Pero tampoco significa que el aumento de la riqueza económica produzca automáticamente una ampliación proporcional de nuestra riqueza existencial.

Hay bienes cuyo disfrute depende precisamente de que no intentemos apropiarnos de ellos.

La amistad no prospera cuando pretendemos convertir al amigo en una posesión. El amor se deteriora cuando confundimos el afecto con el dominio. El conocimiento pierde parte de su sentido cuando lo utilizamos exclusivamente como instrumento de superioridad sobre los demás. Incluso el tiempo libre puede dejar de ser verdaderamente libre cuando sentimos la obligación de convertir cada instante en una actividad productiva o rentable.

En todas estas experiencias encontramos una forma de riqueza que no aumenta necesariamente mediante la acumulación individual y que, en ocasiones, crece precisamente cuando la compartimos.

Una idea transmitida puede enriquecer simultáneamente a quien la comunica y a quien la recibe. Un gesto de solidaridad puede fortalecer vínculos que resultarán valiosos para muchas personas. Una creación artística puede incorporarse al patrimonio cultural de generaciones enteras sin que su disfrute implique privar de ella a quienes la han disfrutado anteriormente.

Existen, por tanto, riquezas cuyo valor social no depende de la exclusividad de su posesión, sino de las posibilidades de acceso, participación y disfrute que generan.

Y quizás aquellas personas para quienes el desprendimiento constituye una disposición profundamente arraigada hayan comprendido, consciente o intuitivamente, algo que a otros puede costarles una vida descubrir: que existen formas de enriquecimiento humano que no requieren empobrecer a nadie y cuya magnitud no puede establecerse mediante la contabilidad de nuestras pertenencias.

No se trata de repartir la pobreza

Llegados a este punto, considero indispensable establecer una diferencia entre el desprendimiento como actitud humana y la pobreza como condición social.

No existe ninguna razón para considerar deseable que las personas vivan privadas de lo necesario. Una sociedad más justa no debería proponerse que todos tengan menos, sino que nadie carezca de lo indispensable y que el desarrollo material permita ampliar las posibilidades de realización de todos sus integrantes.

La crítica a la acumulación no equivale a una condena del bienestar, del confort ni del legítimo deseo de mejorar nuestras condiciones de vida. Lo que cuestiona es la transformación de la riqueza en una finalidad que termina subordinando a ella las restantes dimensiones de la existencia.

También debemos evitar otra confusión. Reconocer que algunas personas poseen poco como consecuencia de su desprendimiento no significa que la pobreza generalizada responda a una elección de quienes la padecen. La desigualdad económica, la explotación, la falta de oportunidades y las estructuras sociales que concentran la riqueza no desaparecen porque existan individuos que voluntariamente concedan escasa importancia a la acumulación.

Una cosa es elegir una vida materialmente sencilla cuando se dispone de alternativas, y otra muy diferente verse obligado a vivir en condiciones de privación.

La primera puede expresar una forma de libertad personal; la segunda constituye una limitación de esa libertad que ninguna exaltación del desprendimiento debería ocultar.

Desde el cristianismo encontramos una advertencia relacionada con el lugar que ocupan las posesiones en nuestra existencia en las palabras de Jesús: «Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Mateo 6:21).

No se trata únicamente de una recomendación acerca del destino de nuestras riquezas. Es una reflexión sobre aquello a lo que entregamos nuestra atención, nuestras energías y, finalmente, nuestra vida.

Porque nuestro verdadero tesoro no es necesariamente aquello que guardamos bajo llave, sino aquello a lo que dedicamos lo mejor de nosotros mismos.

En el pensamiento humanista y en la tradición de la crítica social encontramos, por diferentes caminos, una preocupación relacionada: impedir que los instrumentos creados para satisfacer las necesidades humanas terminen imponiéndose sobre quienes los crearon.

De poco serviría superar la pobreza material si continuáramos reproduciendo una concepción de la existencia donde el valor de cada persona se determina por su capacidad de consumir o por la cantidad de bienes que consigue acumular.

La emancipación humana exige condiciones materiales, pero también una transformación de nuestra manera de entender la prosperidad, el éxito y la libertad.

La verdadera paradoja

Los que no tienen nada pueden tener mucho, y los que tienen mucho pueden no tener nada. La frase, aparentemente contradictoria, deja de serlo cuando comprendemos que estamos utilizando dos maneras diferentes de medir la riqueza.

Pero nuestra reflexión nos ha conducido todavía más lejos. Hemos descubierto que, en determinadas circunstancias, la relación entre pobreza y desprendimiento puede funcionar en ambas direcciones. A veces, las carencias materiales favorecen una sensibilidad particular hacia las necesidades ajenas; otras veces, es precisamente una disposición generosa, ajena al afán de acumulación, la que contribuye a explicar por qué determinadas personas poseen relativamente poco.

No debemos olvidar, sin embargo, que existen quienes no tienen nada material y han sido privados, además, de muchas de las posibilidades que enriquecen la existencia. A ellos no debemos ofrecerles como compensación la promesa de una superioridad espiritual. Debemos reconocer su derecho a vivir dignamente.

De igual manera, existen personas que disponen de grandes recursos y los utilizan para crear, compartir, contribuir al bienestar colectivo y desarrollar una existencia humana enriquecedora. No es la cantidad de lo que poseen lo que determina por sí misma su relación con los demás, sino el lugar que esas posesiones ocupan en sus vidas y las condiciones en que han sido obtenidas.

Quizás la cuestión decisiva no sea cuánto tenemos, sino qué hacemos con aquello que tenemos, cómo lo hemos conseguido y cuánto de nuestra existencia estamos dispuestos a sacrificar para conservarlo o incrementarlo.

Hay quienes pasan la vida intentando conseguir aquello que les falta. Hay quienes la consumen intentando no perder aquello que les sobra. Y hay quienes, independientemente de sus recursos, descubren que vivir también significa aprender, crear, amar y compartir.

La diferencia fundamental aparece cuando dejamos de considerar la acumulación como la medida definitiva de nuestra realización personal.

Porque el desprendimiento no consiste necesariamente en renunciar a lo que poseemos, sino en impedir que nuestras posesiones terminen poseyéndonos. Y una sociedad verdaderamente próspera no sería aquella donde todos acumularan indefinidamente, sino aquella donde todos dispusieran de las condiciones materiales y del tiempo necesario para desarrollar plenamente sus capacidades humanas.

Al final, quizás debamos revisar aquella idea tan arraigada de que somos más ricos cuanto más tenemos. Podemos poseer muchas cosas y vivir subordinados a ellas, o disfrutar de una existencia materialmente suficiente sin convertir la acumulación en nuestro principal propósito.

Y quizás también debamos reconocer que algunos de quienes tienen poco no llegaron necesariamente a esa condición porque carecieran de capacidad para conseguir más, sino porque nunca concedieron a las posesiones la importancia que otros les atribuyen. No siempre se trata de una renuncia consciente; a veces es simplemente una manera de ser, una disposición a compartir que forma parte de su relación natural con el mundo.

Porque la verdadera contradicción no está solamente entre tener mucho y tener poco, sino entre vivir para poseer y poseer para vivir. Y acaso la mayor riqueza consista en alcanzar una existencia en la que no necesitemos tener cada vez más para sentir que somos cada vez más.

(JECM)

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