Padre Alberto:
He leído con atención sus palabras. Las he leído con la sensibilidad que merece todo mensaje que habla del sufrimiento humano, porque detrás de cada apagón, de cada carencia, de cada familia preocupada, hay rostros concretos, personas que sienten, luchan, resisten y esperan.
Coincido con algo esencial: ningún pueblo debería acostumbrarse al sufrimiento. Ninguna madre debería vivir angustiada por conseguir alimentos para sus hijos. Ningún anciano debería enfrentar dificultades para recibir atención médica. Ningún trabajador debería sentir que su esfuerzo no alcanza para vivir dignamente.
Pero precisamente porque hablamos de seres humanos, porque hablamos de un pueblo entero, creo que debemos tener cuidado con las explicaciones que ofrecemos y con las conclusiones a las que conducimos.
Usted afirma que Cuba necesita un cambio radical. La pregunta es: ¿qué significa ese cambio y quién define su camino?
Porque una cosa es reconocer problemas reales —que existen y deben ser enfrentados— y otra cosa es construir un relato donde toda la responsabilidad cae sobre una sola causa, sobre un solo actor, sobre una sola interpretación política.
La realidad cubana es mucho más compleja. Hay errores internos, decisiones equivocadas, deficiencias acumuladas y problemas de gestión que deben ser reconocidos con honestidad. Pero también existe un contexto internacional marcado por décadas de sanciones, bloqueo económico, limitaciones financieras y presiones externas que han tenido consecuencias concretas en la vida cotidiana del pueblo.
Ignorar una parte de esa realidad también es una forma de injusticia.
Usted, como sacerdote, tiene una responsabilidad especial: acompañar el dolor, pero también ayudar a mirar con profundidad. La misión cristiana no puede limitarse a señalar culpables; debe buscar caminos de reconciliación, justicia y esperanza.
Jesús no se acercaba a los pobres para convertir su sufrimiento en instrumento de disputa política. Se acercaba para devolverles dignidad, para escuchar, sanar y unir.
Por eso preocupa que un mensaje nacido desde una posición espiritual termine acercándose más al lenguaje de quienes buscan una ruptura política que al lenguaje de quienes necesitan construir puentes entre cubanos.
Un pueblo agotado necesita soluciones, pero también necesita que se respete su inteligencia, su historia y su capacidad de decidir su propio destino.
Cuba no es solamente sus carencias. Cuba también es su gente solidaria, sus médicos, sus maestros, sus familias, sus comunidades, sus emigrados, sus trabajadores, sus jóvenes que todavía sueñan. Un país no se define únicamente por sus dificultades.
Cuando se dice que “el país se rompe”, también habría que preguntarse quién gana cuando un país se fragmenta, quién se beneficia cuando un pueblo pierde la confianza en sí mismo y quién aprovecha una crisis para imponer sus propios intereses.
El verdadero cambio que necesita Cuba debería poner en el centro al ser humano: menos odio, menos revancha, menos instrumentalización del sufrimiento y más diálogo, más justicia social, más participación popular, más soberanía.
Padre, el pueblo cubano merece que se hable de sus heridas, pero también merece que se defienda su dignidad. Merece una mirada que no lo presente solamente como víctima ni como culpable, sino como protagonista de su propia historia.
Las soluciones para Cuba no pueden venir de convertir a los cubanos unos contra otros. Deben nacer de la capacidad de encontrarnos como pueblo.
Con respeto, pero también con la responsabilidad de quien ama a Cuba y desea verla mejor,
José Conde M.
Un cubano preocupado por su pueblo
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He estado pensando…
He estado pensando en las opciones que nos quedan.
Tomemos como punto de partida una evidencia: Cuba necesita un cambio, y un cambio radical. No podemos seguir así.
A la fuerza, se ha normalizado en Cuba una situación similar a la de un país en guerra, y el organismo humano puede asumir esta situación temporalmente, pero no para siempre, porque se rompe, se le quiebra el cuerpo y también el espíritu.
No puede ser normalidad vivir con dos horas de electricidad al día, viendo como lo poco que se consiguepara comer se echa a perder, y levantándose de madrugada, cuando “ponen la luz”, para lavar, para cocinar, para gestionar la vida, con el miedo continuo de que no alcance el tiempo.
No puede ser normalidad no tener agua corriente, ni servicio de teléfono, ni la mínima cobertura de Internet, y vivir incomunicado incluso dentro del propio pueblo.
No puede ser normalidad no poder descansar ninguna noche por el calor y los mosquitos, y estar siempre con agotamiento crónico, tanto por la falta de descanso como por el estrés mantenido de una vida incontrolable.
No puede ser normalidad no tener el dinero básico, por la abismal diferencia entre lo que recibe el trabajador y lo que cuesta la vida, por la imposibilidad de obtener el efectivo en los bancos, y por la injusticia de un pago en pesos cubanos y un cobro a nivel de dólar y de primer mundo.
No puede ser lo normal vivir en una miseria prolongada e insuperable, dependiendo continuamente de ayudas externas, y teniendo que librar una guerra para conseguir cualquier cosa.
No puede ser normalidad que el transporte no exista o signifique lanzarse a una aventura incierta, y que no haya combustible ni para lo básico, o tenga que pagarse a precios imposibles.
No puede ser normalidad que no haya medicamentos, que para una intervención quirúrgica tengas que llevar hasta el hilo de sutura, que no haya reactivos y los profesionales den un criterio “a ojo”, que la mortalidad infantil se dispare, que no haya electricidad en los hospitales, que los salones de operación sean espacios ruinosos.
No puede ser normalidad un sistema educativo decadente, incapaz de ofrecer no una formación sólida, sino una formación básica que apuntale la vida.
No puede ser normalidad vivir en la incertidumbre constante, sin la posibilidad de predecir ni siquiera cómo va a ser el día siguiente.
No puede ser normalidad vivir en modo supervivencia, con agotamiento continuo y sueños eternamente
engavetados.
No, todas estas cosas puede afrontarlas el ser humano en algún momento de su existencia, pero no pueden convertirse en su modo de existir, porque entonces, el ser humano se rompe, el alma se rompe, el país se rompe.
¿Y qué opciones tenemos para salir de todo esto? Porque no parece que las soluciones vayan a venir de los que nos gobiernan. ¿Qué opciones tenemos? Habrá que pensar en ello.
Padre Alberto Reyes Pías
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