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domingo, 14 de junio de 2026

Carta abierta al Padre Alberto Reyes


Padre Alberto:

He leído con atención sus palabras. Las he leído con la sensibilidad que merece todo mensaje que habla del sufrimiento humano, porque detrás de cada apagón, de cada carencia, de cada familia preocupada, hay rostros concretos, personas que sienten, luchan, resisten y esperan.

Coincido con algo esencial: ningún pueblo debería acostumbrarse al sufrimiento. Ninguna madre debería vivir angustiada por conseguir alimentos para sus hijos. Ningún anciano debería enfrentar dificultades para recibir atención médica. Ningún trabajador debería sentir que su esfuerzo no alcanza para vivir dignamente.

Pero precisamente porque hablamos de seres humanos, porque hablamos de un pueblo entero, creo que debemos tener cuidado con las explicaciones que ofrecemos y con las conclusiones a las que conducimos.

Usted afirma que Cuba necesita un cambio radical. La pregunta es: ¿qué significa ese cambio y quién define su camino?

Porque una cosa es reconocer problemas reales —que existen y deben ser enfrentados— y otra cosa es construir un relato donde toda la responsabilidad cae sobre una sola causa, sobre un solo actor, sobre una sola interpretación política.

La realidad cubana es mucho más compleja. Hay errores internos, decisiones equivocadas, deficiencias acumuladas y problemas de gestión que deben ser reconocidos con honestidad. Pero también existe un contexto internacional marcado por décadas de sanciones, bloqueo económico, limitaciones financieras y presiones externas que han tenido consecuencias concretas en la vida cotidiana del pueblo.

Ignorar una parte de esa realidad también es una forma de injusticia.

Usted, como sacerdote, tiene una responsabilidad especial: acompañar el dolor, pero también ayudar a mirar con profundidad. La misión cristiana no puede limitarse a señalar culpables; debe buscar caminos de reconciliación, justicia y esperanza.

Jesús no se acercaba a los pobres para convertir su sufrimiento en instrumento de disputa política. Se acercaba para devolverles dignidad, para escuchar, sanar y unir.

Por eso preocupa que un mensaje nacido desde una posición espiritual termine acercándose más al lenguaje de quienes buscan una ruptura política que al lenguaje de quienes necesitan construir puentes entre cubanos.

Un pueblo agotado necesita soluciones, pero también necesita que se respete su inteligencia, su historia y su capacidad de decidir su propio destino.

Cuba no es solamente sus carencias. Cuba también es su gente solidaria, sus médicos, sus maestros, sus familias, sus comunidades, sus emigrados, sus trabajadores, sus jóvenes que todavía sueñan. Un país no se define únicamente por sus dificultades.

Cuando se dice que “el país se rompe”, también habría que preguntarse quién gana cuando un país se fragmenta, quién se beneficia cuando un pueblo pierde la confianza en sí mismo y quién aprovecha una crisis para imponer sus propios intereses.

El verdadero cambio que necesita Cuba debería poner en el centro al ser humano: menos odio, menos revancha, menos instrumentalización del sufrimiento y más diálogo, más justicia social, más participación popular, más soberanía.

Padre, el pueblo cubano merece que se hable de sus heridas, pero también merece que se defienda su dignidad. Merece una mirada que no lo presente solamente como víctima ni como culpable, sino como protagonista de su propia historia.

Las soluciones para Cuba no pueden venir de convertir a los cubanos unos contra otros. Deben nacer de la capacidad de encontrarnos como pueblo.

Con respeto, pero también con la responsabilidad de quien ama a Cuba y desea verla mejor,


José Conde M.

Un cubano preocupado por su pueblo


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He estado pensando… 

He estado pensando en las opciones que nos quedan.

Tomemos como punto de partida una evidencia: Cuba necesita un cambio, y un cambio radical. No podemos seguir así.

A la fuerza, se ha normalizado en Cuba una situación similar a la de un país en guerra, y el organismo humano puede asumir esta situación temporalmente, pero no para siempre, porque se rompe, se le quiebra el cuerpo y también el espíritu.

No puede ser normalidad vivir con dos horas de electricidad al día, viendo como lo poco que se consiguepara comer se echa a perder, y levantándose de madrugada, cuando “ponen la luz”, para lavar, para cocinar, para gestionar la vida, con el miedo continuo de que no alcance el tiempo.

No puede ser normalidad no tener agua corriente, ni servicio de teléfono, ni la mínima cobertura de Internet, y vivir incomunicado incluso dentro del propio pueblo.

No puede ser normalidad no poder descansar ninguna noche por el calor y los mosquitos, y estar siempre con agotamiento crónico, tanto por la falta de descanso como por el estrés mantenido de una vida incontrolable.

No puede ser normalidad no tener el dinero básico, por la abismal diferencia entre lo que recibe el trabajador y lo que cuesta la vida, por la imposibilidad de obtener el efectivo en los bancos, y por la injusticia de un pago en pesos cubanos y un cobro a nivel de dólar y de primer mundo.

No puede ser lo normal vivir en una miseria prolongada e insuperable, dependiendo continuamente de ayudas externas, y teniendo que librar una guerra para conseguir cualquier cosa.

No puede ser normalidad que el transporte no exista o signifique lanzarse a una aventura incierta, y que no haya combustible ni para lo básico, o tenga que pagarse a precios imposibles.

No puede ser normalidad que no haya medicamentos, que para una intervención quirúrgica tengas que llevar hasta el hilo de sutura, que no haya reactivos y los profesionales den un criterio “a ojo”, que la mortalidad infantil se dispare, que no haya electricidad en los hospitales, que los salones de operación sean espacios ruinosos.

No puede ser normalidad un sistema educativo decadente, incapaz de ofrecer no una formación sólida, sino una formación básica que apuntale la vida.

No puede ser normalidad vivir en la incertidumbre constante, sin la posibilidad de predecir ni siquiera cómo va a ser el día siguiente.

No puede ser normalidad vivir en modo supervivencia, con agotamiento continuo y sueños eternamente 

engavetados.

No, todas estas cosas puede afrontarlas el ser humano en algún momento de su existencia, pero no pueden convertirse en su modo de existir, porque entonces, el ser humano se rompe, el alma se rompe, el país se rompe. 

¿Y qué opciones tenemos para salir de todo esto? Porque no parece que las soluciones vayan a venir de los que nos gobiernan. ¿Qué opciones tenemos? Habrá que pensar en ello.

Padre Alberto Reyes Pías

martes, 9 de junio de 2026

El Estado como redentor: cuando todo depende de uno y nadie responde por nada

En la historia de las sociedades humanas existe una tensión permanente entre dos necesidades: la necesidad de organizar la vida colectiva y la necesidad de preservar la iniciativa, la responsabilidad y la creatividad de las personas. Cuando una sociedad concentra demasiadas funciones, decisiones y recursos en una estructura estatal altamente centralizada, puede ocurrir algo paradójico: lo que nace con la intención de proteger al pueblo termina convirtiéndose en una carga que debilita al propio pueblo.

Un Estado demasiado presente en cada espacio de la vida puede transformarse en lo que podríamos llamar un Estado crístico: un Estado que carga sobre sus hombros todos los pecados, todas las culpas y todos los fracasos. Como una figura que debe responder por todo: por la escasez, por los errores administrativos, por la corrupción, por la ineficiencia, por la falta de iniciativa, por cada problema cotidiano.

Pero detrás de esa imagen aparece una pregunta incómoda: ¿realmente todo es responsabilidad del Estado?

Una sociedad no está formada únicamente por instituciones. Está formada por millones de decisiones humanas. Un sistema puede tener leyes, estructuras y controles, pero siempre dependerá de la ética, la capacidad y el compromiso de quienes ocupan cada espacio. Cuando un funcionario utiliza su posición para beneficio propio, cuando un trabajador pierde la cultura del esfuerzo, cuando una institución se convierte en un espacio burocrático sin sentido de servicio, el problema no está solamente en el diseño del sistema, sino también en las conductas humanas que lo deforman.

El exceso de centralización puede crear un fenómeno peligroso: la desaparición de la responsabilidad individual. Si todo pertenece al Estado, entonces muchas personas pueden asumir que nada les pertenece realmente. Si toda solución debe venir desde arriba, la sociedad pierde capacidad de iniciativa desde abajo. La gente deja de sentirse protagonista y comienza a verse únicamente como receptora de decisiones.

Así nace una cultura de dependencia: el ciudadano espera todo del Estado, y al mismo tiempo culpa al Estado de todo. Es una contradicción profunda. Un Estado demasiado poderoso puede terminar generando una sociedad menos participativa, porque la responsabilidad se desplaza siempre hacia una estructura superior.

Esto no significa que la solución sea eliminar el Estado o abandonar su papel social. La experiencia histórica demuestra que las sociedades necesitan instituciones capaces de garantizar educación, salud, justicia, protección social y desarrollo. El problema aparece cuando el Estado deja de ser una herramienta de la sociedad y comienza a sustituirla completamente.

Una sociedad sana necesita equilibrio: un Estado fuerte donde sea necesario, pero una ciudadanía fuerte también. Necesita servidores públicos, no burócratas; trabajadores comprometidos, no personas que busquen sobrevivir dentro de estructuras improductivas; instituciones eficientes, no mecanismos que se justifican a sí mismos.

La corrupción y el burocratismo no nacen solamente de una ideología o de una forma jurídica. Nacen cuando el poder se separa de la ética y cuando las personas dejan de sentir que sus actos tienen consecuencias.

Tal vez uno de los grandes desafíos del futuro sea construir sociedades donde el Estado no sea visto como un padre absoluto ni como un enemigo permanente, sino como una creación colectiva al servicio de seres humanos responsables.

Porque cuando un pueblo entrega toda su capacidad de decisión a una estructura, puede terminar perdiendo algo esencial: la conciencia de que la historia no la hacen únicamente los gobiernos, sino también las personas comunes con sus actos cotidianos.

(JECM)