lunes, 4 de mayo de 2026

El control de la narrativa: entre el poder y el desgaste


Hablar hoy de política sin hablar de narrativa es quedarse en la superficie. La disputa ya no es solo por los hechos, sino por el sentido de esos hechos. Quien logra imponer ese sentido, en buena medida, gobierna la percepción de la realidad. No se trata de mentir o decir la verdad en términos simples, sino de algo más profundo: definir desde dónde se mira lo que ocurre.

Ahí es donde entra el control de la narrativa. No funciona por acumulación de argumentos sólidos, sino por repetición, simplificación y carga emocional. Se trata de convertir lo complejo en algo reconocible, casi instintivo. Pueblo contra élite, orden contra caos, victoria contra derrota. En ese terreno, la coherencia lógica no siempre es lo decisivo. Lo importante es que el mensaje encaje en una estructura emocional previa.

En ese juego, Donald Trump se ha movido con una habilidad poco común. No porque sea el único, sino porque lo hace de forma constante, casi como método. Sus intervenciones no buscan cerrar ideas de forma coherente, sino abrir múltiples puertas a la vez. Una frase puede parecer contradictoria —“una tontería, pero valiente e inteligente”— y, sin embargo, cumplir perfectamente su función: no comprometerse del todo con ninguna lectura y, al mismo tiempo, no perder a ningún público.

Ahí hay una clave. La contradicción no siempre es un error; muchas veces es un recurso. Permite criticar sin romper, apoyar sin asumir costos, moverse sin quedar atrapado. Es, en el fondo, una forma de elasticidad discursiva. Y en un escenario político fragmentado, esa elasticidad puede ser más útil que la coherencia rígida.

Pero ese tipo de manejo tiene un límite, y ese límite no está en el discurso, sino fuera de él. La realidad material termina imponiendo condiciones. Cuando la vida cotidiana empieza a chocar de forma sistemática con el relato, el margen de maniobra se reduce. No de golpe, no de manera uniforme, pero sí de forma acumulativa.

Los datos de encuestas recientes ayudan a aterrizar esto, y aquí es importante señalar de dónde provienen. No se trata de una sola fuente, sino de una convergencia de estudios de varias firmas y medios:

Panorama general (promedios de encuestas como Reuters/Ipsos, YouGov y Gallup):

  • Aprobación: 33% – 37%
  • Desaprobación: 60% o más
  • Percepción de que el país va en mala dirección: ≈ 70%

Temas clave (mediciones de Reuters/Ipsos y YouGov):

  • Aprobación en costo de vida / economía cotidiana: ≈ 22%
  • Evaluación negativa de decisiones en política exterior (como Irán): ≈ 60%+

Segmentación política (encuestas de YouGov, Pew Research Center):

  • Republicanos (base): ≈ 75% – 80% de apoyo
  • Demócratas: rechazo mayoritario (60% – 70%+)
  • Independientes: posición fluctuante, tendencia crítica

Dentro de su propia base (datos de University of Massachusetts Amherst y Reuters/Ipsos):

  • Votantes con dudas o arrepentimiento: ≈ 15% – 20%
  • Apoyo a su gestión económica dentro del propio campo: ≈ 50%

Estos números no son solo cifras; marcan un punto de inflexión. Y al provenir de distintas metodologías y equipos, refuerzan la idea de que no es una percepción aislada, sino una tendencia consistente.

El relato, en este punto, ya no logra expandirse hacia el conjunto del electorado. Sigue siendo eficaz, pero dentro de un perímetro más limitado.

Eso no significa que haya perdido su fuerza. Dentro de su base, el discurso sigue funcionando. Y no es difícil entender por qué. Ahí no opera tanto la lógica formal como la identificación. No se trata solo de estar de acuerdo con lo que se dice, sino de reconocer en ese discurso una forma de ver el mundo, una posición frente a otros.

Por eso, las contradicciones que desde fuera parecen evidentes, desde dentro se procesan de otra manera. No necesariamente como incoherencias, sino como matices, como formas de decir algo más complejo, o incluso como señales de autenticidad. En ese nivel, lo importante no es que todo encaje perfectamente, sino que el líder no abandone el marco que da sentido al grupo.

Sin embargo, incluso ahí empiezan a aparecer fisuras. No un quiebre total, pero sí señales de desgaste. Parte de su propio electorado comienza a expresar dudas, sobre todo cuando el discurso entra en tensión con aspectos concretos de la vida: el costo de vida, la estabilidad, la percepción de seguridad. Es en ese punto donde la narrativa deja de ser suficiente por sí sola.

Lo que queda entonces es una especie de doble realidad. Por un lado, un núcleo duro que se mantiene, sostenido más por identidad que por evaluación puntual. Por otro, un espacio más amplio donde el relato pierde fuerza cuando no logra traducirse en experiencia tangible.

Ahí está, quizás, la clave de todo esto. El control de la narrativa existe, funciona y puede ser muy potente. Pero no es absoluto. Tiene un campo de acción, y fuera de ese campo empieza a desgastarse. Puede ordenar la percepción durante un tiempo, incluso prolongado, pero no puede sustituir indefinidamente la experiencia concreta de las personas.

En ese sentido, más que hablar de dominio total, habría que hablar de dominio parcial y en tensión constante. Y entender que, en política, el relato no cae cuando se demuestra que es contradictorio, sino cuando deja de ser creíble en la vida cotidiana.

Ahí es donde empieza realmente a perder poder.

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