Cuando se habla de bloqueo económico o de sanciones financieras contra un país, muchas veces imaginamos barcos que no pueden entrar a un puerto, mercancías prohibidas o empresas impedidas de comerciar. Sin embargo, una parte menos visible y quizás más eficaz de las sanciones contemporáneas funciona en otro terreno: el sistema financiero internacional. Un país puede encontrar quién le venda un medicamento, una máquina o un alimento y disponer incluso del dinero necesario para comprarlo, pero descubrir después que ningún banco quiere procesar el pago. En ese momento el problema deja de ser estrictamente comercial. Se puede tener dinero y, paradójicamente, no disponer plenamente de él.
Esta situación está relacionada con la extraordinaria centralidad alcanzada por el dólar y por el sistema financiero estadounidense en la economía mundial. No significa que todas las operaciones internacionales en dólares sean controladas directamente por Washington, pero muchas transacciones terminan pasando por bancos corresponsales, cámaras de compensación o instituciones sujetas a jurisdicción estadounidense. Esto proporciona a Estados Unidos un instrumento de política exterior de enorme alcance. El FMI reconoce que la posibilidad de sanciones financieras está influyendo ya en las decisiones de algunos bancos centrales sobre la composición de sus reservas, aunque el dólar continúa siendo, con diferencia, la principal moneda internacional.
Cuba constituye un ejemplo particularmente ilustrativo. Sería impreciso afirmar que absolutamente toda utilización internacional del dólar por Cuba está prohibida, pues existen operaciones específicamente autorizadas y desde mayo de 2024 Estados Unidos volvió a permitir determinadas transacciones conocidas como U-turn, en las cuales fondos relacionados con Cuba pueden transitar por el sistema financiero estadounidense cuando tanto el ordenante como el beneficiario están fuera de Estados Unidos y se cumplen las restantes condiciones regulatorias. Sin embargo, las sanciones continúan generando un riesgo considerable para las instituciones financieras extranjeras, riesgo que se amplió nuevamente durante 2026 respecto de determinadas entidades y sectores cubanos. El resultado práctico es conocido: además de las prohibiciones jurídicas aparece el fenómeno de la sobrerreacción bancaria, donde instituciones que quizá podrían realizar legalmente una operación prefieren no asumir el costo de verificarla ni el riesgo de equivocarse.
El problema, por tanto, no consiste únicamente en conseguir divisas. Consiste también en conseguir divisas utilizables.
Esta distinción resulta fundamental al pensar posibles alternativas para Cuba, pero también para cualquier país sometido a fuertes sanciones financieras. Una economía puede recibir millones de dólares mediante turismo, remesas o exportaciones y descubrir después que esos dólares son difíciles de depositar, transferir o utilizar para pagar determinadas importaciones. En esas condiciones, acumular dólares puede convertirse parcialmente en una contradicción: se recibe precisamente la moneda cuya circulación internacional está más expuesta a las decisiones del país que impone las sanciones.
Desdolarizar no significa prohibir el dólar
Una primera respuesta podría ser abandonar completamente el dólar y sustituirlo por otra moneda, quizá el yuan chino. Sin embargo, esta solución aparentemente sencilla reproduce parte del mismo problema: sustituye una dependencia por otra.
Una estrategia más racional sería distinguir entre moneda nacional, moneda de ahorro, moneda de comercio y moneda de liquidación internacional. No existe ninguna necesidad económica de que las cuatro sean necesariamente la misma.
Un cubano residente en Estados Unidos, por ejemplo, puede recibir su salario en dólares y enviar 100 dólares a su familia. Pero eso no significa que el sistema bancario cubano tenga obligatoriamente que recibir y acumular esos mismos 100 dólares. Una institución financiera intermediaria autorizada podría recibir el dólar del remitente, convertirlo legalmente a otra moneda y liquidar la operación hacia Cuba en euros, yuanes u otra divisa utilizable, mientras el destinatario recibe pesos cubanos o, si las regulaciones lo permiten, el equivalente en otra moneda.
La diferencia parece contable, pero económicamente es enorme. El emigrado continúa utilizando la moneda que posee, la familia recibe el valor de la remesa y el país obtiene una divisa que puede utilizar para importar bienes.
La pregunta correcta dejaría entonces de ser «¿cómo hacemos para que no entren dólares?» y pasaría a ser «¿en qué moneda queremos conservar y utilizar internacionalmente el valor que esos dólares representan?».
Las remesas podrían convertirse en capacidad de importación
Este principio tiene implicaciones particularmente interesantes para países con importantes diásporas.
Las remesas suelen analizarse exclusivamente desde el punto de vista familiar: una persona envía dinero y otra lo recibe. Pero desde la perspectiva macroeconómica constituyen también una entrada de recursos externos. Si un país consigue organizar adecuadamente su sistema financiero, esas entradas pueden contribuir simultáneamente al consumo familiar y al financiamiento de importaciones.
Imaginemos, simplemente a modo de ejemplo, que durante determinado período se envían desde Estados Unidos remesas equivalentes a cien millones de dólares. No sería indispensable que cien millones de dólares terminaran depositados en bancos del país receptor. Parte del valor podría liquidarse internacionalmente en euros para pagar importaciones procedentes de Europa y otra parte convertirse en renminbi para financiar compras en China. Dentro del país se acreditarían los correspondientes recursos a las familias.
No se trata de fabricar dinero ni de hacer desaparecer una obligación contable. El país seguiría necesitando reconocer íntegramente el valor recibido. Se trata de organizar mejor dónde queda situado el activo externo y en qué moneda se conserva.
Esto podría reducir uno de los problemas que enfrentan países sancionados: recibir una moneda que posteriormente resulta difícil colocar en el sistema bancario internacional.
El yuan ofrece una alternativa, pero no una solución milagrosa
El crecimiento económico de China proporciona hoy posibilidades que hace veinte años eran mucho menores. El renminbi se utiliza cada vez más en operaciones comerciales y financieras internacionales. El sistema chino CIPS procesó durante 2024 alrededor de 175 billones de yuanes en pagos transfronterizos, un incremento del 43 % respecto al año anterior. También está aumentando el crédito bancario internacional denominado en renminbi.
Eso abre posibilidades reales para países que comercian intensamente con China. Si Cuba compra autobuses, paneles fotovoltaicos, maquinaria, medicamentos u otros productos chinos, resulta perfectamente lógico explorar mecanismos legales mediante los cuales una mayor parte de esas operaciones se facture y liquide directamente en RMB, en vez de adquirir primero dólares para después transformarlos nuevamente en yuanes.
Pero tampoco conviene idealizar esta alternativa. El renminbi todavía no posee la liquidez, convertibilidad ni universalidad del dólar. Según datos del BIS correspondientes a abril de 2025, alrededor del 96 % de las operaciones de cambio que involucraban al renminbi todavía tenían al dólar como contraparte. Esto muestra una paradoja importante: incluso el proceso de internacionalización del yuan continúa parcialmente conectado con la arquitectura monetaria dominada por el dólar.
Por tanto, «yuanizar» completamente una economía podría reducir determinada dependencia respecto de Estados Unidos, pero aumentaría simultáneamente la dependencia financiera respecto de China. Para un país preocupado por su soberanía, cambiar Washington por Pekín como único centro monetario tampoco debería constituir el objetivo estratégico.
La alternativa más sólida sería diversificar
De ahí que resulte más interesante hablar de multipolaridad monetaria.
Un país bajo sanciones debería, siempre que sus relaciones comerciales lo permitan, intentar que las monedas utilizadas para pagar sus importaciones estén relacionadas con las monedas que obtiene mediante exportaciones, turismo, inversión y remesas. Si comercia con Europa, necesita euros; si mantiene un intercambio considerable con China, necesita renminbi; si comercia con otros espacios económicos, puede explorar mecanismos equivalentes en aquellas monedas que posean suficiente convertibilidad y liquidez.
No se trata de acumular todas las monedas imaginables. Eso también tendría costos. Se trata de evitar que una sola moneda constituya simultáneamente la puerta de entrada, el depósito de reservas y el mecanismo obligatorio de pago de toda la economía exterior.
También pueden desarrollarse acuerdos de compensación, cámaras regionales de pagos, líneas de intercambio entre bancos centrales y liquidación directa en monedas nacionales. Todas estas herramientas existen en diferentes formas dentro de la economía internacional. Su objetivo legítimo no tendría que ser ocultar operaciones prohibidas, sino permitir que transacciones legales entre dos países no necesiten obligatoriamente pasar por la moneda o infraestructura financiera de un tercero.
El propio FMI reconoce que la fragmentación geoeconómica está estimulando un mayor interés por otras monedas y sistemas de pagos, aunque advierte igualmente que la proliferación de plataformas paralelas puede elevar costos, reducir interoperabilidad y aumentar la volatilidad financiera.
Y aquí aparecen los contras.
Salir de una dependencia también cuesta
La hegemonía internacional del dólar no existe solamente por imposición política. Existe también porque detrás del dólar hay mercados financieros enormes, liquidez, instrumentos de cobertura, facilidad para encontrar compradores y vendedores, activos considerados seguros y una infraestructura financiera construida durante décadas.
Abandonar parcialmente ese ecosistema tiene costos.
Una empresa que cobre yuanes pero necesite pagar proveedores europeos en euros deberá convertirlos. Si el mercado entre ambas monedas es menos líquido, probablemente pagará mayores comisiones. Una reserva demasiado concentrada en una moneda menos convertible puede resultar difícil de movilizar rápidamente. Los acuerdos bilaterales dependen además de que exista cierto equilibrio comercial: si un país compra muchísimo a China pero vende muy poco allí, tarde o temprano tendrá que conseguir los yuanes necesarios mediante crédito, inversión o conversión desde una tercera moneda.
También existe el peligro de crear numerosos circuitos monetarios dentro de una misma economía. Si salarios se pagan en una moneda, determinados productos en otra, los ahorros se conservan en una tercera y el mercado informal establece sus propias cotizaciones, el resultado puede ser una extraordinaria segmentación social. Quienes reciben divisas disponen de una capacidad adquisitiva muy superior a quienes viven exclusivamente de salarios nacionales. La solución financiera al bloqueo puede terminar reproduciendo internamente desigualdades que después resulten extremadamente difíciles de corregir.
Por eso la desdolarización externa no debería convertirse en una nueva dolarización —o yuanización— interna.
El peso nacional continúa siendo el centro del problema
Para Cuba esta cuestión resulta especialmente importante. Crear mecanismos alternativos de pagos puede disminuir determinados efectos del bloqueo financiero, pero no corregirá por sí mismo la inflación, el déficit fiscal, la baja productividad, las distorsiones cambiarias ni la insuficiente generación de exportaciones.
Es necesario separar las responsabilidades.
Las sanciones pueden dificultar considerablemente transferencias, encarecer operaciones y provocar que bancos extranjeros rehúyan negocios legítimos por temor a penalizaciones. Eso constituye una restricción externa real. Pero ningún sistema alternativo de pagos puede sustituir la necesidad de producir más bienes, exportar más, atraer recursos y mantener equilibrios fiscales y monetarios razonables.
Un país puede construir veinte mecanismos alternativos para recibir yuanes y euros; si importa continuamente mucho más de lo que puede financiar mediante exportaciones, turismo, servicios, remesas e inversión, continuará teniendo escasez de divisas.
Por eso la soberanía monetaria tiene dos dimensiones inseparables: reducir la vulnerabilidad frente a decisiones externas y construir credibilidad económica internamente.
Ni aislamiento ni dependencia
Tal vez el mayor error sería responder a la utilización política del sistema financiero internacional mediante una retirada del sistema económico internacional. El aislamiento terminaría castigando al mismo país que pretende defenderse.
La respuesta debería ser exactamente la contraria: ampliar relaciones.
Más bancos corresponsales, más mercados, más socios comerciales, más monedas utilizables, más acuerdos regionales, mayores reservas diversificadas y mejores mecanismos de compensación significan más opciones. Y disponer de opciones constituye precisamente una forma de soberanía.
Pero esa diversificación debería evitar convertirse en una división del mundo en compartimentos financieros incomunicados. El FMI ha advertido que una fragmentación profunda del comercio y las finanzas podría aumentar costos, reducir inversión y elevar la vulnerabilidad ante crisis. Una arquitectura multipolar sería útil precisamente si multiplica alternativas, no si sustituye un sistema cerrado por varios bloques enfrentados.
Por eso quizá deberíamos cambiar incluso el lenguaje utilizado. No se trata necesariamente de «escapar del dólar». El dólar seguirá siendo durante mucho tiempo una moneda fundamental de la economía mundial. Se trata de escapar de la dependencia de una sola puerta.
Para un país sometido a sanciones financieras, la estrategia racional podría consistir en aceptar dólares cuando económicamente resulte conveniente, euros cuando sean útiles, yuanes cuando permitan comerciar directamente con China y otras monedas cuando exista una razón comercial para emplearlas, pero procurando que ninguna de ellas sustituya completamente a la moneda nacional.
En el caso cubano, eso significaría que un emigrado en Miami podría continuar enviando dólares, alguien en Madrid euros y otro en Canadá dólares canadienses, mientras una arquitectura financiera internacional convertiría parte de esos recursos hacia las monedas que Cuba realmente necesita para pagar sus importaciones. El objetivo no sería acumular billetes extranjeros dentro de la Isla, sino transformar las entradas externas en capacidad efectiva de compra internacional, mientras el peso cubano recupera gradualmente su función como unidad de cuenta, medio de pago y depósito razonable de valor dentro de la economía nacional.
No sería una solución inmediata ni eliminaría el bloqueo. Tampoco resolvería por arte financiero las insuficiencias internas de la economía cubana. Pero permitiría formular el problema de otra manera.
Un bloqueo financiero obtiene parte de su fuerza cuando quien lo padece necesita inevitablemente utilizar los canales controlados por quien lo impone. Cada alternativa legal, transparente y económicamente viable reduce esa dependencia. La verdadera respuesta, entonces, no estaría en sustituir una moneda hegemónica por otra, sino en construir suficientes caminos para que ninguna potencia pueda cerrar por sí sola todas las puertas.
La soberanía monetaria del siglo XXI quizá no consista en no depender de nadie, algo prácticamente imposible en una economía mundial interdependiente, sino en no depender de uno solo.

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