miércoles, 11 de septiembre de 2013

Gerardo Hernández: La tortura de Campos


No. 6 LAS CADENAS Esta pintura es exactamente un pedazo de cadena y también puede verse un pedazo  de la cadenita de las esposas, así como de una caja negra. Cada vez que te sacaban de la celda del “hueco”, por el motivo que fuera, te ponían esposas en muñecas y tobillos. Cada vez que nos trasladaban a la Sala de la Corte o a ver a nuestros abogados, en aquel "segundo hueco" donde se pusieron las evidencias, en todo el trayecto íbamos encadenados y esposados. Tras nuestras sentencias, en el largo traslado hacia las prisiones de destino, nos pusieron la caja negra, inolvidable experiencia. De todas estas vivencias trata esta obra.
Acuarela de Antonio Guerrero No. 6 LAS CADENAS Esta pintura es exactamente un pedazo de cadena y también puede verse un pedazo de la cadenita de las esposas, así como de una caja negra. Cada vez que te sacaban de la celda del “hueco”, por el motivo que fuera, te ponían esposas en muñecas y tobillos. Cada vez que nos trasladaban a la Sala de la Corte o a ver a nuestros abogados, en aquel “segundo hueco” donde se pusieron las evidencias, en todo el trayecto íbamos encadenados y esposados. Tras nuestras sentencias, en el largo traslado hacia las prisiones de destino, nos pusieron la caja negra, inolvidable experiencia. De todas estas vivencias trata esta obra.
De él apenas supimos su apellido, que no era Campos, pero prefiero no revelar el verdadero.
Aunque hablaba poco, decía que era cubano, y que había venido por El Mariel. La primera vez que lo vimos lo habían puesto en una celda frente a la nuestra en el “hueco”. Algo delataba ya su aspecto, pero sólo nos percatamos de los serios problemas de su mente cuando nos pidió una revista. Tiramos la línea por debajo de nuestra puerta para que entrara por la de él, con la revista atada al otro extremo. Tan pronto Campos la recibió, allí mismo, parado en la puerta de su celda, comenzó a arrancar las hojas y a comérselas.
Apenas podíamos creer lo que habíamos visto, y aquella misma noche comprobaríamos que su locura no era fingida. Unos golpes secos, como de martillazos, no nos dejaron dormir. Quienes ya lo conocían le gritaban desde sus celdas: “¡Campos, por favor!”…Y palabrotas que subían de tono cuando la desesperación aumentaba. Más tarde supimos el origen del agobiante ruido: Campos –a quien, por supuesto, siempre tenían solo en una celda– se acostaba en la parte de abajo de la litera, y con los pies movía una y otra vez la plancha de hierro de la de arriba.
Recordé cuando de niño hacía lo mismo con las tapas de las viejas latas de galletas, solo que el estruendo de la cama retumbaba en toda aquella ala del piso 12, y llegó a convertirse, noche tras noche, en una verdadera tortura psicológica. A veces parecía que el ruido iba a cesar, que Campos se había cansado, que al fin podríamos dormir… cuando de pronto comenzaba otra vez, y se mantenía así toda la madrugada.
Durante el día Campos apenas se sentía, era su tiempo de dormir. Cuando nos dimos cuenta, algunos tratamos de hacer ruido a cada rato pateando las puertas de hierro de las celdas, pensando que si no lo dejábamos dormir tal vez tendría sueño al caer la noche. (¡A ese extremo llegó nuestra desesperación!). Pero fue en vano, nada pudo hacer que Campos variara sus hábitos nocturnos.
Nunca supimos si en realidad tomaba las pastillas que le daban. Tal vez era el medicamento el que lo hacía dormir algunas horas. En más de una ocasión, durante las pocas veces que lo vimos despierto de día, se dedicó meticulosamente a embarrar con su excremento las paredes de la celda, la puerta y el estrecho cristal de esta por donde los guardias vigilaban. Al no poder ver hacia adentro, los guardias llamaban al equipo antimotines –”las tortugas ninjas”, como algunos les llamaban por su atuendo– quienes abrían la puerta y sacaban a Campos por la fuerza.
Como la tortura de Campos durante varias noches seguidas se hacía insufrible, algunos presos comenzaban a protestar, incluso por escrito, hasta que a él lo trasladaban hacia el ala opuesta del piso 12. De aquella, luego de varios días de sufrimientos y una vez iniciadas las protestas, los guardias lo volvían a mover. Rotarlo entre alas (Este y Oeste) era la solución que los carceleros habían encontrado para repartir la tortura entre todos.
Campos fue el primer cubano que conocimos en prisión sufriendo de una enfermedad mental que a simple vista requería ser mejor tratada. Tristemente no sería el único.

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