Cuando la fuerza sustituye al derecho
Hay figuras históricas que reaparecen cada vez que la política cruza un umbral peligroso. Catón el Joven es una de ellas. No porque ofrezca soluciones técnicas ni programas de gobierno, sino porque encarna una actitud ética radical frente al poder cuando este se emancipa de la ley. En tiempos donde el derecho internacional es tratado como un estorbo y la soberanía de los Estados como un privilegio revocable, su pensamiento y su conducta vuelven a interpelarnos con una fuerza inesperada.
La Roma de Catón era una república formalmente viva, pero moralmente corroída. Conviene, no obstante, evitar cualquier idealización: la República romana no era un modelo perfecto ni justo en términos modernos. Estaba atravesada por profundas desigualdades sociales, sostenía un sistema de dominación sobre pueblos sometidos y descansaba en la esclavitud. Sin embargo, incluso dentro de esas contradicciones, se regía por un conjunto de reglas, equilibrios institucionales y límites al poder personal que, al menos en principio, nadie podía violar impunemente. Las leyes seguían existiendo, pero ya no limitaban al poder real. Las excepciones se normalizaban, la seguridad justificaba abusos y la expansión imperial exigía silencio o complicidad. Catón entendió antes que muchos que cuando la ley deja de ser universal y se convierte en instrumento del más fuerte, la república ya ha sido derrotada, aunque sus instituciones sigan en pie.
Catón frente al poder sin límites
A diferencia de otros contemporáneos suyos, Catón no confundió eficacia con legitimidad. Su oposición a Julio César no fue una disputa personal ni un apego nostálgico a viejas formas, sino la defensa de un principio elemental: nadie, por poderoso que sea, puede situarse por encima de la ley común. Para Catón, aceptar la excepcionalidad permanente equivalía a aceptar la muerte de la vida cívica.
Su suicidio en Útica ha sido muchas veces malinterpretado como un gesto extremo o romántico. En realidad, fue un acto político final: una negativa absoluta a vivir bajo un orden donde la ley había sido sustituida por la voluntad del vencedor. Catón no huyó de la derrota; denunció con su cuerpo que una vida sin derecho es una forma de esclavitud.
El eco contemporáneo: Trump y la erosión del derecho internacional
Ese mismo dilema reaparece con claridad en la política internacional reciente, particularmente durante la administración Trump. Bajo el lema America First, se promovió una concepción del mundo donde los tratados internacionales fueron considerados cargas, los organismos multilaterales obstáculos y la legalidad internacional una ficción útil solo cuando coincidía con los intereses propios.
El abandono de acuerdos internacionales, la imposición de sanciones unilaterales, las amenazas abiertas contra Estados soberanos y el desprecio explícito por el principio de autodeterminación revelaron algo más profundo que un cambio de estilo diplomático: la afirmación de que el poder no necesita justificación jurídica cuando se siente lo suficientemente fuerte. No se trató únicamente de decisiones concretas, sino de un mensaje político global: el derecho es negociable, la soberanía es condicional y la fuerza vuelve a ser el árbitro final.
Catón habría reconocido inmediatamente esta lógica. En su tiempo se llamaba destino de Roma; hoy se disfraza de seguridad nacional, defensa de la democracia o protección de intereses estratégicos. Cambian las palabras, no la estructura moral del argumento.
La ley como límite civilizatorio
La vigencia de Catón no radica en idealizar la antigua república romana, sino en su comprensión lúcida de la fragilidad del derecho. La ley no se destruye de golpe; se vacía lentamente, se relativiza, se aplica de forma selectiva. Cuando las grandes potencias se reservan el derecho de violarla sin consecuencias, el mensaje al resto del mundo es devastador: no existe un orden común, solo jerarquías de poder.
El derecho internacional, con todas sus limitaciones, representa hoy ese último dique frente a la barbarie organizada. Su abandono no conduce a un mundo más seguro, sino a uno más inestable, donde la fuerza sustituye al diálogo y la imposición reemplaza al consenso. Catón entendió que sin normas comunes no hay política, solo dominación.
Resistencia ética en tiempos de conformismo
Hay otro aspecto profundamente actual en la figura de Catón: su soledad. No confió en que las instituciones, ya capturadas por intereses imperiales, se corrigieran por sí mismas. No se refugió en la comodidad del silencio ni en el cálculo oportunista. Su resistencia fue incómoda, minoritaria y, en términos prácticos, derrotada. Pero fue moralmente superior a la victoria de quienes sacrificaron la ley en nombre del orden.
En el escenario internacional contemporáneo, muchos Estados reproducen ese mismo conformismo: callan ante la violación del derecho, se alinean por miedo o aceptan la lógica del más fuerte como un mal inevitable. Catón nos recuerda que la estabilidad construida sobre la injusticia no es paz, sino sumisión.
Una pregunta que sigue abierta
La vigencia de Catón el Joven no está en sus respuestas, sino en la pregunta que dejó planteada: ¿vale la pena sobrevivir en un mundo donde la ley ha sido sustituida por la fuerza? Frente a la normalización de la agresión a la soberanía, el desprecio por los tratados y la instrumentalización del derecho, su ejemplo nos obliga a asumir una responsabilidad incómoda: la defensa de la legalidad no es ingenuidad, es un acto de resistencia.
Cuando el poder deja de reconocer límites, la resistencia ética deja de ser una opción personal y se convierte en una tarea histórica. Catón lo entendió en el ocaso de la República romana. Hoy, esa tarea se expresa con claridad en la defensa activa, consciente y sin ambigüedades del derecho internacional, especialmente frente a las grandes potencias que se consideran a sí mismas por encima de la ley.
Defender el cumplimiento de la legalidad internacional —y exigirlo con mayor firmeza a Estados Unidos, por su peso político, militar y económico— no es antiamericanismo ni romanticismo jurídico. Es una necesidad civilizatoria. Cuando la potencia hegemónica viola tratados, desconoce organismos multilaterales o agrede la soberanía de otros Estados sin consecuencias, el mensaje que se envía al mundo es devastador: que la ley solo rige para los débiles.
La historia romana enseña que la pérdida de los límites legales no fortalece a las sociedades, las corroe desde dentro. La hegemonía imperial, ayer como hoy, se paga con la degradación del derecho y la normalización de la violencia política. Por eso, defender hoy la vigencia del derecho internacional no es un gesto simbólico, sino una forma concreta de resistencia frente al retorno del imperio sin frenos. Callar ante su violación no es neutralidad: es complicidad.

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