Ante los intentos de algunos de tergiversar el pensamiento martiano de «con todos, y para el bien de todos» Juventud Rebelde
reproduce, por su total vigencia, este texto publicado originalmente en
el centenario de la caída en combate del Apóstol con el título La Cuba
de Martí: Proyecto, realidad y perspectiva
Por Cintio Vitier
digital@juventudrebelde.cu
- Si afirmamos que hemos realizado absolutamente el proyecto de la
República martiana, no solo no diríamos la verdad sino que estaríamos
cerrando insensatamente las puertas del futuro. Lo que Cuba
revolucionaria ha hecho en el campo de la justicia social, siempre en
desfavorables circunstancias y más aún en los últimos años, es enorme;
lo que le falta por hacer, afortunadamente, resulta inmedible. La
creciente realización de los principios martianos, que no depende solo
de nuestra voluntad sino también de los condicionamientos del mundo que
nos rodea y especialmente de la política norteamericana, significa nada
menos que nuestro horizonte histórico.
- Hacia el horizonte se avanza, pero ¿se puede poseer? La función del
horizonte es que avancemos hacia él. Incluso cuando retrocedemos, la
seguridad de que existe el horizonte nos permite creer en la posibilidad
de seguir avanzando. Lo que Martí nos propone, no solo en este o aquel
texto, sino en la integralidad de su vida y de su obra, ¿es totalmente
realizable? No creo que sean estas interrogantes lo que él preferiría en
nosotros. Lo que él nos pide es que avancemos cada día. Este es el
sentido martiano de la vida, en el que están incluidas las fuerzas
negativas, no como razones para el desánimo, sino como acicates.
- En un discurso fundador, «Con todos, y para el bien de todos»,Martí
de entrada alerta sobre «el peligro grave de seguir a ciegas, en nombre
de la libertad, los que se valen del anhelo de ella para desviarla en
beneficio propio» y ensalza a «los cubanos que ponen su opinión franca y
libre sobre todas las cosas». A eso es lo que llama «la dignidad plena
del hombre», concepto que en la tajante disyuntiva («O la república
tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos […], o la
república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de
sangre de nuestros bravos») se equilibra con otros dos factores
indispensables: «el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí
propio». No se trata de la libertad que puede utilizarse para fines
indignos de ella (que es lo que tanto vemos hoy en los medios masivos
internacionales), ni de la que, negándose también, se pone al servicio
de ideas sin rostro (a lo que fue proclive cierto socialismo, y a veces
lo es nuestra prensa). Hay, además, un coto a la libertad, al «ejercicio
íntegro de sí», que es «el respeto, como honor de familia, al ejercicio
íntegro de los demás». Porque «ejercicio íntegro de sí» no es egoísmo,
no es individualismo amoral, no es capricho ni anarquía, mucho menos
abuso de unos sobre otros. Es, precisamente, lo contrario: persona
original que debe servir a la justicia colectiva: «la pasión, en fin,
por el decoro del hombre».
- Tales son los principios, tal el desideratum.Pero si algo
fue Martí, a la vez que hombre del espíritu, fue hombre de la historia, y
si algo supo y no olvidó nunca, es que «no se hacen repúblicas en un
día», que la justicia y la libertad no son regalos de nadie y que hay
que conquistarlas, más allá de la liberación política, según las
circunstancias objetivas, paso a paso. Prueba de ello es que, pocos
meses después de las formulaciones anteriores, que ya se iban
estableciendo como horizonte, en el primer número de Patriay adelantándose a la praxis del Partido Revolucionario Cubano, declara:
Una es la prensa, y mayor su libertad, cuando en la república segura
se contiende, sin más escudo que ella, por defender las libertades de
los que las invocan para violarlas, de los que hacen de ellas
mercancías, y de los que las persiguen como enemigas de sus privilegios y
de su autoridad. Pero la prensa es otra cuando se tiene frente al
enemigo. Entonces, en voz baja, se pasa la señal. Lo que el enemigo ha
de oír, no es más que la voz de ataque.
Alguien afirmó que al hacer esta cita yo intentaba presentar a Martí
como defensor de la censura. Difícil sería esto tratándose de un hombre
que dijo de sus propias manos: « ¡Muérdanmelas los mismos a quienes
anhelase yo levantar más, y —no miento—, amaré la mordida, porque me
viene de la furia de mi propia tierra, y porque por ella veré bravo y
rebelde a un corazón cubano!» Pero hay un hecho inmutable: ni en Patria ni en el Partido Revolucionario dirigido por Martí, tuvieron cabida las ideas reformistas ni muchos menos las anexionistas.
Mi comentario, por lo demás, a la cita, era y es el siguiente: «Lo
que nosotros oímos, en esta especial coyuntura histórica, es que la
resistencia popular frente al enemigo, sin pretender que la trinchera se
torne parlamento, pide la tensa libertad de la bandera: la libertad
ondeante y sujeta. Ondeante como el viento que la agita; sujeta por los
principios al asta clavada en la necesidad. Mientras mayores son
nuestras dificultades, mayor tiene que ser nuestra libertad para
sufrirlas y resolverlas».
José Martí, Pintura de Mariano Rodríguez, 1978.
- Volviendo a «Con todos, y para el bien de todos», llama la atención
que en el discurso así conocido Martí objete y reproche enérgicamente
nada menos que a siete grupos de compatriotas, de los cuales y a los
cuales dice que «mienten». Estos grupos, indudablemente significativos
en cuanto merecían tanto espacio en el discurso, eran: 1) los
escépticos; 2) los que temían «a los hábitos de autoridad contraídos en
la guerra»; 3) los que temían «a las tribulaciones de la guerra»; 4) los
que temían al llamado «peligro negro»; 5) los que temían al español
como ciudadano de Cuba; 6) los que, por temor al Norte y desconfianza de
sí, se inclinaban hacia el anexionismo; 7) los «lindoros»
(aristócratas), los «olimpos» (oportunistas) y los «alzacolas»
(intrigantes). Algo en común tenían los siete grupos: la desconfianza en
la capacidad del cubano «para vivir de sí en la tierra creada por su
valor», que era precisamente el eje de la tendencia anexionista. Y es
este el grupo que, con el de los escépticos de varia condición, puede
decirse que, de un modo u otro, sigue hoy en pie frente al empeño
revolucionario.
- El «todos» de Martí, por lo tanto, no es meramente cuantitativo,
parte de un abrazo de amor pero también de un rechazo crítico, rechazo
que no es inapelable pero que solo puede convertir en abrazo si los que
engañan, yerran o «mienten», aceptan la tesis central del discurso, que
es la viabilidad histórica de una Cuba independiente y justa. Por eso
desde el principio declara: «Yo abrazo a todos los que saben amar». El
abrazo no es a los que no saben amar, aunque también a estos, a la
larga, beneficie, y en este sentido puede hablarse, como del horizonte a
que nos referimos al principio de estas líneas, de la «fórmula del amor
triunfante». Pero en lo inmediato de la lucha por la independencia, que
no ha terminado todavía, queda en pie que hay grupos que yerran o
«mienten», que no forman parte del «todos» martiano en cuanto realmente
no quieren «el bien de todos», expresión en la que, no obstante el
equilibrio de las clases sociales a que aspiraba Martí, el mayor énfasis
va sin duda hacia los más desamparados.
- «Con todos, y para el bien de todos», pues, magistral formulación
del proyecto martiano de República, no por ser un discurso de amor deja
de ser un discurso combativo. Para nuestro combate de hoy nos dice dos
cosas fundamentales. La primera es que no podemos admitir «la
perpetuación del alma colonial en nuestra vida, con novedades de
uniforme yanqui, sino la esencia y realidad de un país republicano
nuestro». La segunda es que esa «esencia y realidad» nos obligan a darle
un sentido creciente y original a la libertad que debemos hacer
coincidir con la justicia «para el bien de todos». Y siempre sin olvidar
que «es necesario contar con lo que no se puede suprimir», que «los
pueblos, en el sudor de la creación, no dan siempre olor de clavellina»,
que «todo tiene la entraña fea y sangrienta» y que «eso mismo que hemos
de combatir, eso mismo nos es necesario». Más profunda dialéctica moral
y política, no la hallaremos.
- El camino hacia la Cuba de Martí ya lo estamos recorriendo y, por lo
demás, solo puede estar en él mismo tal como nos habla hoy, ante los
problemas concretos de hoy. Por eso hemos propuesto un sistema libre de
enseñanza martiana que dé fundamento inconmovible a nuestra resistencia y
perspectivas reales al desarrollo de nuestra libertad; que sea capaz de
actualizar desde adentro, desde el alma de cada niño, adolescente,
joven, de cada ciudadano, cualquiera que sea su ocupación y edad, la
apetencia de una Cuba donde la vida misma, íntima y pública, sea
inseparable de los valores éticos y estéticos en que se funda nuestra
cultura.
- Aquí se pone de manifesto la profunda relación de los problemas
económicos con los problemas morales, y ello debe llevarnos a ver en
estos momentos a nuestros economistas trabajando hombro con hombro con
nuestros educadores. Sin duda la solución de los problemas materiales,
siempre que se mantenga fiel a los principios fundadores de la
Revolución, resulta indispensable para los fines que nos proponemos. No
será nunca esa solución, sin embargo, el único factor necesario y, por
otra parte, mientras esa solución, inevitablemente compleja y lenta, se
abre paso y despeja el camino, ciertamente no podemos descuidar una
tarea educativa en la que tienen que unir sus esfuerzos todos los
agentes civiles, organismos e instituciones de nuestra sociedad.
- Cuando hablamos de principios fundadores y fines axiológicos debemos
remontarnos a una eticidad y una pedagogía que comienzan para nosotros
(asumiendo un legado humanista y cristiano de siglos) en las aulas del
Seminario de San Carlos con el padre Félix Varela, continúa en las del
Salvador con José de la Luz, prosigue en las del San Pablo con Rafael
María de Mendive y culmina en el pensamiento revolucionario de José
Martí, Maestro del primer grupo de jóvenes marxistas cubanos en los años
20 y de la que así misma se llamó Generación del Centenario Martiano en
1953. Es esa continuidad, siempre amenazada por adversarios autóctonos y
foráneos, la columna vertebral de nuestra historia, y solo nuestra
historia, que mereció parir hombres como Céspedes, Agramonte, Gómez y
Maceo, pero también un pueblo capaz de inspirarlos y seguirlos; solo
nuestra historia, decimos, puede enseñarnos quiénes somos, cuáles son
nuestras tendencias negativas y positivas, nuestras lacras y virtudes
características, nuestros enemigos internos y externos. No se trata de
aferrarnos a un ontologismo histórico. Se trata de reconocer que tenemos
modos propios de reaccionar ante las más diversas circunstancias, como
las tiene todo conglomerado humano convertido en nación, y más si ha
partido de un statuscolonial que lo ha obligado a conquistar,
con las armas de la cultura y las inevitables de la guerra, un lugar en
la historia: es decir, de su propia historia, en el ámbito de la
historia universal.
- Ha de ser, pues, nuestra historia, ya que no constituye un pasado
inmóvil sino que seguimos haciéndola cada día, un agente cada vez más
vivo y real en la formación de las nuevas generaciones. Y cuando decimos
historia no queremos decir solo fechas, nombres y sucesos. Queremos
decir búsqueda de un sentido, que es precisamente lo que hoy se intenta
negar a la historia, cuando no se intenta clausurar sus puertas para que
nadie siga haciéndola. Y es por eso que hoy más que nunca tenemos que
dirigir los ojos hacia ese horizonte llamado José Martí, hacia el hombre
que más de cerca y más de lejos nos acompaña, y propiciar su encuentro,
su diálogo con nuestros niños, adolescentes y jóvenes dentro de un
estilo pedagógico como el que él elogió y practicó: libre,
conversacional, gustoso. No creemos que ahí esté la panacea milagrosa
para todos nuestros males, a los que por otros caminos concurrentes hay
que acudir, pero sí el antídoto contra muchos venenos, la fuerza para
resistir adversidades, la capacidad de generar nuevos espacios de
creación y libertad, el gusto por la limpieza de la vida, y sobre todo,
la convicción de que la historia, que en sus momentos de extravío puede
ser tan ciega como la naturaleza desbordada, obedece a un último
imperativo de «mejoramiento humano». Y cuando no es así, es nuestro
deber —porque tal aspiración es la que nos hace hombres y mujeres—
luchar porque así sea.
- La Cuba de Martí no es una aspiración sin antecedentes: de hecho
estos pueden hallarse, visibles y secretos, en la seudorrepública.
Mucho menos postulamos una creación desde la nada. Las bases
martianas de esa Cuba están presentes en tres contenidos de nuestra
realidad revolucionaria: la posesión de la soberanía nacional, la toma
de partido «con los pobres de la tierra» (no solo de la tierra cubana) y
la proeza fundadora de la alfabetización, que echó a andar nuestras
potencialidades científicas y culturales en general. Bien mirados esos
logros, únicos en América Latina y el Caribe, únicos en el Tercer Mundo,
llevan en sí una gran carga ética, de una eticidad que pudiéramos
llamar objetiva. Lo que falta a veces, sobre todo en las generaciones
más jóvenes, las que no han vivido las primeras década de la epicidad
revolucionaria, sino las fases de la «institucionalización» y
del «período especial», es la interiorización de esa eticidad objetiva
en la vida individual. Para ello es preciso que la vida individual,
incluso la intimidad de cada persona, obtenga nuevos espacios dentro del
espacio colectivo, ya que este ha de seguir siendo el regulador último
de nuestra convivencia. Al surgir esos espacios como necesidad
espiritual, y desde luego, política y económica, según empezamos a
verlos, desde la base del pueblo, el llamado «proceso de democratización
participativa» —solo posible a partir de los logros aludidos, en sí
mismos de esencia democrática— tendrá un desenvolvimiento, por así
decirlo, biológico. Cuando hablamos de perfeccionamiento, por eso,
debemos concebirlo, no como retoques desde arriba a un cuadro que se
considera esencialmente terminado, lo que sería absurdo en una coyuntura
sujeta a alternativas económicas tan riesgosas, sino como crecimiento
en el desafío, en la confrontación, en la diferencia, y como progresiva
maduración de un organismo vivo, con todos los peligros que ello
implica.
- En la medida en que seamos capaces de asumirlas desde los problemas
concretos de hoy y del futuro previsible, hay en la obra y la persona de
Martí una epicidad interminable que tenemos que acercar a nuestro
pueblo, y especialmente a nuestros jóvenes, como un manantial en perenne
nacimiento. Él dijo: «La epopeya está en el mundo, y no saldrá jamás de
él; la epopeya renace con cada alma libre: quien ve en sí es la
epopeya. […] Epopeya es país».
Inmenso es el trabajo espiritual, el trabajo político, el trabajo
poético que espera por nosotros. Pero digo mal: no espera. Ya lo estamos
haciendo.
18 de mayo de 1995
(Publicado en el Anuario del Centro de Estudios Martianos, No. 18/ 1995-1996)